La realidad no es más extraña que la ciencia ficción, solo más lenta

Por Isaac Asimov, The New York Times, 12 de febrero de 1984
Traducido por Fernando Cervera

Dos astronautas flotaron en el espacio la semana pasada antes de que su transbordador aterrizara en Florida. No estaban unidos a la nave, así que hicieron su paseo espacial y regresaron por sus propios medios.

Aquellos que sean un poco más adultos recordarán las historietas de Buck Rogers, en los años treinta y cuarenta. Todo eso, la caminata espacial, el cohete, la mochila, sucedió allí. Los que todavía están mejor familiarizados con la ciencia ficción conocen historias que trataron fenómenos tan extraños incluso antes. Hugo Gernsback, editor de la primera revista de ciencia ficción, escribió en 1911 sobre motores de reacción que mantenían a los hombres en vuelo, tanto en la atmósfera de la Tierra como en el espacio. La realidad solo tardó tres cuartos de siglo en ponerse al día.

El viaje a la Luna, realizado en 1969, tardo más de un siglo en llegar que el primer intento de describir tal viaje con cierta atención a los detalles científicos. En concreto, fue De la Tierra a la Luna, de Julio Verne y publicado en 1866. El mecanismo de lanzamiento de Verne era un cañón gigante. La idea era poco práctica y, en cierto sentido, anticuada, ya que Cyrano de Bergerac ya mencionó mucho tiempo antes los cohetes aplicados a un vuelo a la Luna. Sí, el tipo de la nariz prominente también era escritor de ciencia ficción. Su historia fue publicada en 1655, 30 años antes de que Isaac Newton demostrara que un cohete podía llevar a la gente a la Luna y que, hasta donde se sabía, era suficiente con un cohete. Así pues, la ciencia de los cohetes va tres siglos por detrás de la ciencia ficción. ¿Y ahora qué? ¿Avanzarán más rápido los descubrimientos en el espacio y superarán a la ciencia ficción de una vez por todas? ¡No hay peligro de que ocurra! La NASA está hablando de hacer una estación espacial permanente ocupada por una docena de astronautas a la vez. Pero Gerard O’Neill sugirió asentamientos espaciales, ciudades de 10 000 o más habitantes, en 1974 y siguiendo planteamientos serios de científicos a principios de la década de 1960 para construir estaciones de energía solar en el espacio. E incluso esas no eran nociones originales. En 1941, Isaac Asimov (es decir, el tipo que escribe este artículo) publicó Razón, una historia que describe con cierto detalle una estación de energía solar en el espacio. En 1929, Edmond Hamilton escribió Ciudades en el aire en el que las ciudades declaraban su independencia de la superficie terrestre y se elevan a la atmósfera. No era del todo el espacio, pero allanó el camino para James Blish, quien comenzó sus historias sobre las ciudades del cosmos en 1948. Para cuando las estaciones y las centrales eléctricas se construyan en el espacio, se habrán rezagado de la ciencia ficción durante al menos la mitad de un siglo. Una vez que tengamos estaciones espaciales, podremos realizar viajes espaciales más largos. Utilizando materiales extraídos en la Luna, a veces mencionados en historias de viajes espaciales en la década de 1930, y gracias a las condiciones físicas especiales del espacio, se podrían fabricar y lanzar naves mucho más grandes que las que resultan prácticas en la superficie de la Tierra. Podrían ser tripuladas por personas acostumbradas a viajes espaciales que estarán psicológicamente en forma, no como los habitantes de la Tierra, para pasar meses o incluso años en tránsito. Por supuesto, todo esto es anticuado para la ciencia ficción, donde los viajeros interestelares han vagado por el sistema solar desde la década de 1920.

Después del sistema solar vienen las estrellas. Para las estrellas más cercanas se tardaría años y décadas en llegar, incluso si fuéramos a la velocidad de la luz, que en teoría es la forma más rápida posible. Si fuéramos a velocidades razonablemente inferiores a la de la luz, llevaría generaciones. Existen varias estrategias para abordar este problema de espacio-tiempo, cada una de ellas probada previamente en la ciencia ficción. La historia de Arthur Clarke 2001: Una odisea del espacio, colocó a los astronautas en un estado de hibernación para esperar el largo viaje. El libro de Poul Anderson, Tau Zero, fue uno de los muchos que hicieron que los astronautas aprovecharan la ralentización relativista del tiempo a altas velocidades. En 1941, Robert Heinlein describió en Universe un gran barco, en realidad un mundo pequeño, cuyos pasajeros estaban listos para pasar milenios, e innumerables generaciones, para llegar a su destino estelar.

¿Será posible viajar más rápido que la luz? Mi inclinación es decir que no, aunque sé que no es prudente ser demasiado categórico en tales cosas. En 1928, Edward E. Smith escribió La alondra del espacio, la primera historia de viajes interestelares utilizando velocidades más rápidas que la luz. Inventó el accionamiento sin inercia, que probablemente sea imposible y que, en cualquier caso, solo alcanzaría la velocidad de la luz. Aun así, el principio que describió permanece ahí.

¿Qué tipo de mente se requiere para pensar en las cosas que vendrán generaciones en el futuro? Una mente corriente, a juzgar por la mía. Es solo una cuestión de conocer la ciencia, la tecnología y la forma en que se han desarrollado, y de pensar cuáles podrían ser los próximos pasos lógicos, y pensar y pensar. La gente espera atajos dramáticos, pero todo se reduce al aburrido y duro trabajo del pensamiento. Lo que no significa que los escritores de ciencia ficción hayan anticipado todo. Su historial no es tan bueno. Por ejemplo, se concentraron en el vuelo espacial bajo control humano directo y nunca se dieron cuenta de que se podrían controlar las sondas a distancia. Vieron venir los ordenadores, pero se perdieron su verdadero papel en el vuelo espacial. Nadie, por ejemplo, predijo el advenimiento del microchip, la compacidad y versatilidad de los ordenadores y lo fácil que sería llegar a pilotar, por ejemplo, un transbordador. Los escritores de ciencia ficción se perdieron todo tipo de actividades que podrían realizarse en el espacio. Tuvimos viajes a la Luna, pero no satélites meteorológicos, ni satélites de comunicación (aunque Arthur Clarke los describió por primera vez en una pieza de no ficción en 1945), ni satélites de navegación. Por extraño que parezca, aunque previmos tanto la televisión como el aterrizaje en la Luna, nadie anticipó la realidad al describir un aterrizaje en la Luna que fue visto por cientos de millones de personas en la Tierra mientras sucedía. Solo la tira cómica Alley Oop se acercó. La conclusión es esta. Es poco probable que la ciencia y la tecnología, en sus grandes barridos, superen a la ciencia ficción. Sin embargo, de muchas maneras pequeñas e inesperadas, hubo, y sin duda continuará habiendo, sorpresas que ningún escritor de ciencia ficción, ni científico, haya pensado. Estas sorpresas son la emoción y la gloria de la aventura intelectual humana.

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