UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

¿Qué es el amor?


Texto escrito por Fernando Cervera

Todo comenzó en una charca hace 500 millones de años. Bueno, más bien en el océano, pero decir que comenzó en una charca le da un toque más dramático y estamos hablando del amor, ¿no es así? Bueno, a lo que iba, en esa época nuestros antepasados eran simples peces que evolucionaban a paso lento —más bien aleteando que andando—, y finalmente, unos cuantos millones de años después, salieron del agua poquito a poco hasta convertirse en anfibios, reptiles, y más tarde en mamíferos. Pues bien, nuestros antepasados los peces tenían una hormona llamada vasotocina que, entre otras cosas, regulaba el equilibrio entre la sal y el agua en el cuerpo. Los peces actuales, de hecho, tienen dos copias del gen de la vasotocina, y todos los vertebrados no mamíferos, por ejemplo anfibios, aves y peces, la tienen. Lo curioso es que la vasotocina, además de jugar un papel en la regulación del equilibrio salino, también tiene un papel en el comportamiento: por ejemplo, en el pinzón cebra (Taeniopygia guttata)  tiene un papel importante a la hora de expresar agresividad en machos sin pareja, y en reforzar la defensa del territorio en machos emparejados.

Ahora es cuando damos un salto: las dos copias de la vasotocina, en mamíferos, cambiaron un poco por acumulación de mutaciones y llevaron al surgimiento de dos hormonas diferentes, la vasopresina y oxitocina. Estas dos hormonas aún tienen la función de regulación salina que posee la hormona a partir de la cual evolucionaron, pero lo que se comenzó a ver más adelante es que también tenían, al igual que en los pinzones cebra, un papel en el comportamiento. Se vio que al inyectar oxitocina en el cerebro de ratas, estas tenían una erección instantánea en el caso de los machos, y en hembras las predisponía automáticamente a tener sexo. Pero bueno, el amor y el sexo son dos cosas diferentes, ¿a dónde nos lleva todo esto?

Experimentos posteriores demostraron que la oxitocina producía efectos diferentes en ratones monógamos de la especie Microtus ochrogaster, y en ratones polígamos de la especie Microtus montanus [1]. En los monógamos la oxitocina provocaba que tuvieran preferencia sexual por su pareja y además reforzaba la agresividad hacia otros machos. Pero, ¿qué ocurría en los polígamos? Nada parecido.  Otros experimentos demostraron que la vasopresina también ayudaba a generar parejas estables en ratones después de tener sexo. Pero, ¿qué les ocurría a los ratones polígamos? Que tenían muchos menos receptores en su cerebro para la vasopresina y la oxitocina, y por ello no les hacía el mismo efecto: por así decirlo, eran inmunes al amor.

Ahora bien, el amor no es monogamia e intentar reducir esta cuestión a reacciones bioquímicas es una simplificación grotesca, pero no olvidemos otra cosa: el amor tampoco es exclusivamente una construcción social. Del mismo modo que nuestra esencia humana contiene territorialidad y violencia, pero no todas las culturas la expresan de la misma forma (cada sociedad humana ha encontrado formas y motivos diferentes a la hora de matarse) con el amor pasa algo parecido: tal cual han estudiado los antropólogos, no existe una cultura humana —por independiente que haya sido de las demás— que no tenga un concepto de amor romántico [2]. Es decir, somos animales violentos capaces de matar por ambición, recursos o cualquier otra razón, pero también somos animales capaces de amar con todo nuestro ser.

Esto nos lleva a una clara conclusión: el amor es una interpretación de una realidad biológica, y aunque esa interpretación ha sido diferente entre las sociedades, el amor es algo humanamente universal porque sus bases forman parte de nuestra esencia biológica.

Cariño, esto ya no es lo que era

¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de Cariño, esto ya no es lo que era? Y es que cuando liberamos oxitocina por amor también liberamos dopamina, pero, ¿qué es la dopamina? Pues un neurotransmisor que tiene un papel importante en el comportamiento y los mecanismos de motivación y recompensa. Es decir, si algo te gusta es porque activa mecanismos en tu cerebro, y generalmente el causante de esa reacción es la dopamina. Así que una mezcla de oxitocina, vasopresina y dopamina (entre otras cosas) hace que cuando nos enamoramos sintamos emoción, ganas de estar con esa persona y de comerse el mundo juntos y copular bajo la luz de la Luna —o cualquier otra luz—. También puede generar más predisposición a la monogamia. Pero, del mismo modo que ocurre con la mayoría de drogas, el cerebro se acaba acostumbrando, se genera tolerancia y cada vez le hace falta una dosis mayor: llega un momento en que la cantidad de dopamina no es suficiente, vamos, que ya no es lo que era antes. Si estás leyendo esto y te acabas de enamorar, es importante que sepas que algún día eso sucederá, pero lo más importante es que aprendas a aceptarlo como parte del vida.

Volviendo a lo que decíamos, cuando decimos, cariño, esto ya no es lo que era antes, lo que en realidad queremos decir es, cariño, mi química cerebral ha cambiado. Y es que no solo juega un papel importante la dopamina, la vasopresina y la oxitocina, sino también muchas otras hormonas y neurotrasmisores. Por ejemplo, también la producción de serotonina es estimulada por el proceso de enamoramiento, lo cual tiene un fuerte impacto sobre el estado de ánimo: entre otras cosas ese neurotrasmisor se relaciona con el optimismo y el buen humor. Cuando tenemos niveles bajos de serotonina podemos sufrir depresión y comportamientos obsesivos, aunque hay gente que ya tiene de normal niveles bajos. No obstante, una ruptura sentimental puede originar esa bajada y eso explica por qué, de forma universal, en cualquier sociedad humana perder el amor provoca ira, frustración y tristeza.

Más que química y ratas de laboratorio

Paseando por la montaña un amigo me dijo una vez que el sexo es el brazo ejecutor del amor, y es verdad. El proceso de enamoramiento incentiva las conductas reproductivas mediante una gran cantidad de sustancias químicas que nos producen una sensación de felicidad y bienestar, y aunque puede haber sexo sin amor, es difícil que a la larga exista amor sin sexo.

La realidad bioquímica es que las conductas sexuales estimulan la liberación de todas las hormonas que he mencionado antes, y como también se activan mecanismos de recompensa, queremos ser felices y optimizar la cantidad de hormonas y sustancias químicas que nos dan esa felicidad. Eso explica por qué nos encanta el sexo, abrazar y ser abrazados, y estar con la persona que amamos. Y bueno, al final esperamos del amor que nos haga felices, porque es a lo que nuestro cerebro nos ha acostumbrado, pero finalmente chocamos de lleno con la realidad: finalmente ni el sexo puede mantener nuestra química cerebral.

Cuando esto ocurre podemos elegir dos caminos: ser unos yonquis del amor o utilizar nuestro lado racional. No somos ratas de campo y tenemos cierta capacidad de decisión a pesar de nuestras cadenas biológicas. Ante la difícil situación de perder la gran cantidad de estímulos cerebrales que nos hacían flotar en una nube, podemos elegir romper y empezar de nuevo, o seguir jugando la partida. La primera opción tiene la ventaja de intentar vivir en una nube permanente, pero implica bajones de serotonina entre las rupturas que nos pueden hacer sentir igualmente desdichados. La segunda opción consiste en aceptar como parte de la vida ese cambio en la química cerebral, e intentar interpretar el amor más allá de cómo nos hace sentir estar con otra persona.

El amor, más allá de la química, también tiene que ver con las creencias, la interpretación personal del término, y como no, de los valores morales de cada uno. Y es que nuestro cerebro nos provoca sensaciones que luego intentamos verbalizar con palabras, y las palabras las pone cada cual de su cosecha personal. Podemos elegir amar de una manera distante, de una forma cercana, podemos amar a una o a varias personas, podemos ser fieles o infieles, pero de lo que casi nadie puede escapar es de amar de algún modo. Al fin y al cabo y como dijo Stendhal, el amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio. Lo que no dijo Stendhal es que correr hacia el precipicio es inevitable.

Y todo esto nos lleva hasta una conclusión: nada de lo que diga hoy aquí cambiará ni un ápice vuestra forma de amar, pero aunque el amor está dentro del terreno de lo inefable, espero que este texto os haya ayudado a entender la magia biológica que hay detrás suya y que nosotros interpretamos de una forma poética y trascendental.

Relato y mitología

En la mitología nórdica, al igual que ocurre con la grecorromana, abundan las aventuras épicas, héroes e historias con un relato aleccionador. Particularmente, uno de los aspectos más interesantes de los dioses nórdicos como Odín, Freyja o Thor, es que conocen su destino, pero al mismo tiempo no pueden cambiarlo. El caso de Odín es el más curioso: él es probablemente el dios más poderoso —de hecho mató al gigante Ymir y con su cuerpo creo el mundo, que no es poca cosa—, y sin embargo sabe que morirá devorado por el lobo Fenrir [3]. Entonces, ¿por qué no hace nada por evitarlo? Lo intentará, y justo por eso el lobo lo devorará: Fenrir, sin motivo aparente para él, será mandado encadenar de por vida ante el miedo de Odín, y cuando se libere durante el Ragnarök, recorrerá un largo camino para intentar matar al causante de su injusta condena. Y lo conseguirá. Es decir, en la mitología nórdica ni siquiera los dioses son dueños de su propio destino.

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con el amor? Que nosotros podemos conocer el origen evolutivo del mismo, podemos saber qué mecanismos bioquímicos lo producen, y podemos intentar hasta evitarlo. Pero del mismo modo que Odín no puede encadenar de por vida al lobo Fenrir, tampoco nosotros somos dueños de nuestro destino biológico a pesar de conocerlo, y el amor suele ser algo inevitable para el conjunto de los mortales. Entonces, ¿qué es el amor?, ¿es bioquímica?, ¿es una construcción social?, ¿es la expresión literaria de una realidad biológica? Pues el amor es todo eso y al mismo tiempo no lo es: el amor es lo que cada uno quiere que sea. Eso sí, las bases bioquímicas que lo producen son claras. Al final el amor es un intento de expresar mediante el lenguaje de las palabras una situación biológica que ha sido interpretada millones de veces, a título individual, por cada una de las sociedades que han poblado este mundo. Así que si ni siquiera los dioses pueden evitar su muerte, ¿cómo vamos a evitar nosotros el amor? Sea lo que sea.

[1] Ratones monógamos

[2] Antropología del amor

[3] Odín

[4] Imagen creada por Banksy

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