UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Leviatán o la ballena


Texto escrito por Maria Salvador

Las ballenas aparecieron. Desde la Zodiac no ves cómo de grandes son: ves el espiráculo, la exhalación, el movimiento suave encima del agua. Si las vieras saltar, quizás, pero esto sería cosa del azar, un don. Normalmente saltan fuera del agua cuando el mar está embravecido, como si acompañaran las olas en la corriente. Y tú sales, ataviado de turista, chaleco salvavidas, cara untada de crema solar, los días de mar tranquilo. Las ballenas aparecieron, tres, grisáceas, y no saltaron.

Pocas veces en la vida puedes sentir tanta emoción de golpe. Una oleada, sí, un corazón que salta. Hay quién llora. Parece fuera de lo que es humano, fuera de medida. Dice Philip Hoare que la gracia y la importancia de las ballenas se debe de al hecho que nos recuerdan como de extraño y desconocido es el mar. A pesar de la turistificación del acontecimiento, divisar una ballena es igual de mágico. Habéis salido del puerto, os habéis alejado hacia Pico, dejando el perfil conocido de la isla, la arena nueva de Os Capelinhos, de cuando el volcán destruyó casas y el faro se quedó unos metros adentro, con la esperanza de encontrarlas. Los cachalotes son residentes, pero las ballenas azules, de paso, son más difíciles de ver.

En cambio, los delfines siempre juguetean alrededor de la barca. Llegan, flap-flap, piruetas ligeras, más grandes y robustos de lo que imaginas. Enseñan a las crías a saltar. Después, los verás alimentarse de un banco de peces, molestados por las pardelas, que antiguamente mostraban el camino hacia los delfines a los pescadores. Remor de alas y aletas, violáceo, gris, salpicaduras de agua. Alguien dice que puede ser un tiburón. Con el coletazo, descubres que es un atún, nervioso bajo el agua, el jaleo no tiene nada que ver con delfines ni tiburones.

Los atunes se pescan, las ballenas se cazan. Los delfines y tiburones en las Azores son visitados por manadas de turistas. O bien desde la Zodiac, o bien con el neopreno y chapoteando torpemente en el agua. Algunos tienen los delfines cerca y no los ven, las gafas de buceo empañadas, la mirada hacia la barca y no hacia el horizonte. En medio del mar, somos ridículos. Pero hemos pagado para poder ver lo que no podemos ver en tierra.

De las catorce especies que hay de misticetos, en las Azores podemos ver unos seis. La azul, con que he empezado estas líneas, la ballena con joroba, y unos cuántos rorcuales. El emblema, pero, junto con el milano, el ave que habita estas islas, que confundieron primero con el azor, es un odontocete residente: el gran cachalote, a baleia que cazaban, la misma ballena que perseguía el capitán Ahab.

Leviatán. No hay nada que recuerde un monstruo marino, cuando los vemos deslizarse unos metros delante nuestro. Lo desconocido siempre ha causado más miedo que cualquier monstruo. Con los ojos cerrados, fácilmente pierdes el equilibrio. En cualquier caso, para el animal, es mejor permanecer lejos de los humanos.

Todo en el cachalote está en el récord: el cerebro más grande, el depredador más grande. Todavía no puedo hacerme una idea de cómo es, ni dibujarlo, dice Hoare en el capítulo dedicado al cachalote. Y es muy extraña, la forma, con ese cuerpo truncado, crestas dorsales, la cabeza enorme, que domina el cuerpo, y un espiráculo situado a la izquierda de la cabeza. Incluso el origen del nombre es incierto, y el origen del nombre del órgano espermaceti y el nombre en inglés, sperm whale,  equivocado. Del grupo de los delfines, con dientes, y no de las ballenas con barba -el cachalote, no, no es una ballena- y sin esperma en la cabeza. Cazado hasta hace poco en las Azores, ahora el tamaño de los cachalotes divisados es menor, y el número que hay a los océanos, desconocido. A baleia, dicen. Como los habitantes que viven cerca de un río, y lo nombran simplemente como «el río», los isleños denominan el animal que cazaban de la manera más sencilla y directa possible: a baleia.

Una vez vi desde el acantilado, junto al vigía, un cachalote saltar. Era en agosto. Había una barca cercana, y sacundiéndose los kilos de encima, como si fuera igual de ligero en el aire que en el agua, el animal saltó y la emoción de todo un viaje se contuvo en aquel instante. Y entonces, el cachalote desapareció.

Un comentario
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