UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

La frontera de la ciencia ficción con la ficción tecnológica


En 2015, el astronauta Terry W. Virts saludó desde la Estación Espacial Internacional al actor Leonard Nimoy (señor Spock en Star Trek) como homenaje tras su muerte.

Texto escrito por Fernando Cervera

Este artículo no está hecho para los fans de las definiciones (porque voy a jugar con ellas según mi conveniencia). Sí, sé que, si estás englobado dentro de ese distinguido grupo, ahora mismo tu odiómetro está a punto de reventar. Pero ¿qué le vamos a hacer? Solo puedo invitarte a relajarte por unos minutos y dejarte llevar por las especulaciones de alguien que, tal vez, sepa menos que tú sobre la materia que vamos a tratar.

Se define a la ciencia ficción de muchos modos, pero mi favorito es el siguiente: la ciencia ficción es un género literario que no puede darse en el mundo que conocemos, debido a una alteración severa de las coordenadas científicas, espaciales, temporales o sociales, pero en el cual la racionalidad es un valor dentro de la especulación plausible. Es decir, la ciencia ficción no deja de ser una historia ficticia que ocurre en un escenario que es plausible pero imposible en nuestro mundo, ya sea por nuestra situación tecnológica actual, o porque ocurre en otro mundo o en una sociedad que no corresponde a ninguna conocida. Pero veamos tres ejemplos.

La ciencia ficción

El biopunk, como biólogo que soy, me parece fascinante. Básicamente es un subgénero centrado en la revolución biotecnológica. Hay muchos ejemplos y pueden mezclarse con tramas detectivescas, o con lo que al autor le venga en gana —al fin y al cabo no deja de ser ficción—. Algunas de las historias de biopunk más famosas y mejor construidas que conozco son La radio de Darwin (Greg Bear, 1999, Premio Nébula), que cuenta cómo un grupo de biólogos tiene que salvar al mundo de un virus que puede alterar la evolución de las especies; Música en la sangre (Greg Bear, 1985, Premio Nébula y Premio Hugo), donde un especialista en biología sintética y dueño de una empresa spin-off de la universidad, crea computadoras biológicas celulares; o si vamos al cine tenemos ejemplos mediáticos como Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), en la que unos biólogos clonan dinosaurios y montan un parque de atracciones; La mosca (David Cronenberg, 1986), donde un científico que experimenta con la teletransportación fusiona su cuerpo con el de una mosca; o Gattaca (Andrew Niccol, 1997), donde la discriminación genética es una realidad y un hombre luchará contra ella para viajar hasta las estrellas.

La ucronía científica es un subgénero literario que se caracteriza porque la historia ocurre en un mundo en el cual, a partir de un punto concreto, algo cambió el desarrollo de nuestra sociedad actual. Imaginemos una sociedad donde, por ejemplo, la Alemania del Tercer Reich hubiera ganado la guerra. Ahora bien, ¿qué tiene eso de científico? La frontera entre la ucronía como subgénero histórico o la ucronía como subgénero de la ciencia ficción es delicada, pero fácilmente distinguible. Si el evento que ocurre es algo tecnológico y eso tiene consecuencias en cómo se ha desarrollado nuestro mundo, entonces estamos ante un ejemplo de ciencia ficción. El ejemplo que usé, a saber, Alemania ganando la segunda guerra mundial, fue explotado por uno de los autores clásicos de la ciencia ficción, Philip K. Dick, en su libro The Man in the High Castle (1963, Premio Hugo). No obstante, en este caso se trata de un ejemplo de ficción histórica. Si queremos buscar un buen ejemplo de ucronía científica podemos leer el libro La máquina diferencial (William Gibson y Bruce Sterling, 1990, Premio Nébula y Premio John W. Campbell), donde viajamos hasta una Época Victoriana donde Charles Babbage finalmente sí que construyó la primera computadora en el siglo XIX utilizando tarjetas perforadas (para quien no sepa quién fue ese personaje real, recomiendo que leáis algo sobre él). Esto produce una serie de cambios que hacen evolucionar a nuestro mundo de una forma muy diferente, donde la era tecnológica llegó mucho antes y modificó todos los ejes de poder que conocemos.

Los viajes en el tiempo, ¿quién no ha soñado con viajar al pasado con un almanaque de resultados deportivos, un monopatín volador, y un científico loco conduciendo un DeLorean DMC-12? Estoy hablando de Regreso al futuro, (Robert Zemeckis, 1985). El género de la ciencia ficción que narra este tipo de aventuras ha sido muy explotado en todos los formatos posibles, desde la aclamada novela de Gregory Benford titulada Timescape (1980, Premio Nébula y Premio John W. Campbell), donde lo que viaja es la información entre dos grupos científicos separados por 25 años de distancia temporal en un mundo al borde del cataclismo medio ambiental; la gran novela de Frederik Pohl El mundo al final del tiempo (1990), donde un humano y un extraño habitante literal de las estrellas, viajan al futuro y ven cómo van evolucionando las colonias espaciales humanas.

Todos estos son ejemplos de lo que podríamos llamar ciencia ficción, pero es aquí donde voy a romper con las definiciones oficiales para hacer varias reflexiones.

La ficción tecnológica, o ficción científica

Hay algunas historias que, aunque se consideran ciencia ficción, creo que responden más bien a otro género que, hasta donde sé, me acabo de inventar. La palabra ciencia ficción deriva de una mala traducción del término inglés science-fiction, ya que si quisiéramos traducirlo al castellano correctamente debería ser ficción científica, y de hecho, es el término que utilizan muchos entendidos en gramática o en ciencia ficción (o ambos al mismo tiempo). Otros prefieren llamarla ciencia-ficción para solventar el problema, pero hasta donde sé es una falta ortográfica. No obstante, para mí el término ficción científica o ficción tecnológica responde a otro tipo de narraciones: historias de ficción que tienen elementos científicos, pero que sí son posibles en nuestro mundo actual (al contrario que la ciencia ficción). Por ejemplo, la película Independence Day… ¡no,no! Estoy bromeando, esa no, pero por ejemplo, ¿habéis visto la serie de televisión Black Mirror? Sus capítulos son independientes unos de otros, y se caracterizan por enseñar un futuro cercano donde una tecnología cambia nuestra sociedad. Muchos prefieren llamar a este género ciencia ficción social, pero para mí la frontera de la realidad tecnológica es más importante, y si bien es cierto que en Black Mirror hay muchos capítulos que sí que responden a los esquemas de la ciencia ficción, otros no. Por ejemplo, en el capítulo uno titulado The National Anthem, podemos ver cómo las redes sociales condicionan el comportamiento de los políticos ante una petición de rescate un tanto peculiar: alguien secuestra a la princesa de Reino Unido y a cambio pide, literalmente, que el primer ministro se fornique a un cerdo en directo, en horario de máxima audiencia y en la televisión pública. Este capítulo es una reflexión sobre cómo la tecnología de las redes sociales afecta actualmente a las decisiones políticas, y es que en la era de Twitter y Facebook, todos somos el Gran Hermano que imaginó George Orwell en su novela 1984. También tenemos el tercer episodio llamado The Entire History of You, donde la obsesión por estar conectado al mundo y grabar y fotografiar todos los momentos de una vida, nos lleva a una sociedad donde los novios celosos crecen como setas, ¿nos recuerda a algo?

Otros ejemplos de ficción tecnológica (según mi definición) es la famosa serie The Big Bang Theory, donde podemos ver a un grupo de científicos viviendo una vida fuertemente marcada por la ciencia; la genial película Juegos de guerra (1983, John Badham), que nos muestra los peligros de automatizar los sistemas de defensa de un país; Los últimos días del edén (1992, John McTiernan), protagonizada por Sean Connery y que nos muestra cómo un biólogo intenta encontrar en la selva un medicamento contra el cáncer; La fuente (2006, Darren Aronofsky) que nos muestra, en una de sus tres historias, un ensayo clínico con primates; y todo esto nos lleva hasta donde quería llegar: la frontera.

La frontera de ciencia ficción con la ficción tecnológica

Hemos visto ejemplos de la ciencia ficción más clásica y de lo que yo, desde mi opinión personal y a mi cuenta y riesgo, considero ficción tecnológica o ficción científica. Ahora bien, he utilizado este recorrido como excusa para hablar de algunos de mis libros y películas preferidas, pero ahora llego hasta la reflexión que quería hacer al principio: la frontera de la aplicación del conocimiento.

Lo que a mi entender separa la ciencia ficción del resto de géneros es que, a pesar de que todo se plantee de forma realista, actualmente no es posible utilizar o desarrollar las tecnologías que se muestran. Ahora bien, lo que es posible y lo que no, ha cambiado con el paso de los años, y cada vez la frontera del conocimiento crece y los seres humanos desarrollamos nuevas tecnologías. Cuando Julio Verne escribió Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), narrando las aventuras de una máquina que surcaba las profundidades del mar (por aquel entonces aún no existían los submarinos); o Los quinientos millones de la begún (1987), que especula con el uso de armas de destrucción masiva; nadie podía fabricar submarinos o bombas atómicas, pero actualmente son cuestiones cotidianas. Julio Verne escribía, entre otras cosas, ciencia ficción, pero con el paso de los años muchos de sus libros han pasado la frontera de la realidad —algunos con mejor éxito que otros—.

Esto me lleva a otra cuestión. Muchos prefieren llamar a la ciencia ficción como novelas de anticipación, en parte debido a la herencia de Julio Verne. Sobre todo utilizan ese término cuando se trata de intentar plasmar con mucha exactitud qué es lo que pasará en el futuro, ¿pero qué pasa cuando ya hemos llegado allí?, ¿y cuando “allí” llega a nosotros? Es decir, hay veces en las que un autor decide escribir una novela donde tecnologías del pasado, o actuales, tienen un elevado protagonismo. Pero también sucede que hay veces en la que los años pasan y novelas que en su día fueron de anticipación científica, hoy son sencillamente novelas, a pesar de que para los personajes todo sigue pareciendo asombroso y futurible —Nemo siempre será un pionero para los personajes de sus novelas, y Barbicane, Nicholl y Ardan, siempre serán los primeros seres humanos en pisar la Luna según los habitantes del libro De la Tierra a la Luna (Julio Verne, 1865) —.

Finalmente, tenemos otras narraciones donde, tal cual he comentado antes, un autor no intenta hacer anticipación y sencillamente cuenta una historia valiéndose de la tecnología actual. Así que esa es la clave que para mí distingue la ciencia ficción de la ficción tecnológica, y algunas historias, de manera irremediable, cruzan la línea conforme los seres humanos avanzamos en la carrera del conocimiento. Algunas novelas se transforman en ficción tecnológica, otras en fantasía —Una princesa de Marte (1912), de Edgar Rice Burroughs, con sus marcianos verdes de cuatro brazos y sus Woola de cabeza de rana, sería un buen ejemplo—. Eso no resta calidad literaria a la obra, y podemos disfrutar igualmente de John Carter y sus aventuras marcianas, o seguir viendo de manera apasionante al doctor Jekyll y su querido “vecino”, el señor Hyde.

Así que lo que quería contar hoy no deja de ser una obviedad que nace de una gran frase de Arthur C. Clarke: cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. La obviedad es que, aunque a los habitantes del medievo les podría parecer cosa de brujería ver un avión, hoy en día Ryanair nos lleva por 50€ a Roma en un abrir y cerrar de ojos. Así que la frontera del conocimiento se va moviendo, arrastrando consigo a las novelas que hicieron soñar con el futuro a las personas del pasado.

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