UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

La conquista de Georovia II. Polvo, sudor y lágrimas


Texto escrito por Julián Chaves

La conquista de Georovia I. El gran éxodo

La conquista de Georovia II. Polvo, sudor y lágrimas

La conquista de Georovia III. El cisma

La conquista de Georovia IV. El precio de la paz

La conquista de Georovia V. La solución final

Rijka miraba a su alrededor intentando conservar la calma, aunque en realidad tenía ganas de llorar. Estaban sobre un campo de gigantescas dunas, cuya arena abrasaba por la acción incansable de aquella maldita estrella. Era un lugar inhóspito y despiadado, de cielo impoluto y mortecina brisa. Se sacudió el polvo y comenzó a hacer balance de los desperfectos y averiguar el estado de la tripulación.

Afortunadamente la seguridad de aquellos vehículos era enorme pero aún así era conveniente realizar un chequeo. Era imprescindible comenzar a ser práctico y no dejarse llevar por la desidia, pues de lo contrario morirían todos irremediablemente.  Buscó al teniente Borrak, y juntos pudieron comprobar que no había habido víctimas, tan solo algunas lesiones leves. Lo más grave era desde luego la incertidumbre acerca de la nave del teniente Estrek y su tripulación, la inutilidad de sus computadores y de sus naves, que además de vacías de combustible, tenían averías bastante graves, y por supuesto la pérdida de las semillas y animales que viajaban con Estrek. Organizaron el reparto de víveres  y dieron órdenes expresas para que la gente permaneciera quieta, a la sombra que daban las naves y evitar así derroches de energía innecesarios. Tras el rancho decidieron que había llegado el momento de averiguar donde se encontraban y cuál sería el rumbo a tomar, si es que había algún lugar en aquel mar de arena que no les condujese a la perdición, a un triste y agónico adiós de la raza troncara.

Borrak y Rijka comenzaron a subir por una gran duna de arena que se alzaba unos 400 metros sobre el lugar donde habían conseguido aterrizar, la arena se metía por todos sus poros y les abrasaba la cara a cada paso mientras que a sus espaldas solo existían campos de yermas dunas. Deseaban encontrar algo esperanzador en la cima, pero nada les invitaba a pensar en positivo mientras la el abrasador polvo les sacudía sus recios pantalones a la altura de las tibias.

Rijka no dejó caer al suelo una de las gotas de sudor que le bajaban en torrente por la nariz, su sabor salado le recordó al gusto del pescado en su planeta natal y esto le trajo a la mente aquellas maravillosas y apacibles mañanas de domingo cuando se reunía a charlar con amigos, y aquellas tardes de paseo por la costa junto a su mujer y sus dos hijos. Sabía que no los volvería a ver jamás. Intentó volver a la realidad y concentró todos sus esfuerzos en dar otro paso más y sonreír al ver al teniente Borrak, que estaba unos cuantos metros por detrás justo en el momento en el que alcanzó la cima.

—Vamos teniente! ¿O acaso le pesa demasiado el culo? Prometo que no le contaré a nadie que le ha ganado un viejo como yo – Dijo Rijka con cierta sorna.

­—Mi capitán, quería vigilar su retaguardia. El sitio está muy concurrido y le podrían atacar—contestó Borrak mientras se alegraba de que Rijka mantuviera un ápice de humor.

Miraron a su alrededor, a pesar de la situación, tenían que admitir que la visión desde aquel promontorio arenoso era sencillamente increíble. Podían ver claramente dónde se hallaban sus naves y su gente, y el mar de dunas menores que se extendía en aquella dirección. Enorme, sobrecogedor e inabarcable. Justo al otro lado el terreno parecía más llano y mucho más pedregoso, pero igualmente seco e inhóspito. Más allá, a unos 30 o 40 kilómetros se advertía una cadena montañosa, que parecía estar surcada de agrestes barrancos. Permanecieron un rato en silencio, pensando que en aquel trozo del universo no había salvación posible y sucumbieron ante la nostalgia y la impotencia. Aquella maldita estrella empezaba a inclinarse sobre el horizonte haciendo su estancia en la cima algo más agradable. Pensaban en bajar de la duna cuando Borrak advirtió un pequeño detalle.

—Capitán, está formándose niebla en la cima de aquella cordillera. Eso puede significar que al otro lado existe cierta fuente de humedad.

Rijka pensó que aquello podría ser la salvación, pero se calló e hizo un esfuerzo titánico para no dejarse llevar por los sentimientos y la desesperación. Enérgicamente instó a Borrak a bajar la ladera rápidamente, tenían que reunir con urgencia a los técnicos que había abordo y a todos aquellos que tuvieron contacto con el proyecto de llegar a Georovia. Tenían que determinar dónde estaban y reconstruir mentalmente los datos geográficos perdidos en el accidente. Era urgente saber qué podían significar aquellas nieblas y establecer un plan de acción. Sin combustible y sin las avanzadas herramientas abandonadas en Troncara era imposible acceder a sus bases de datos, sin poder usar sus tecnologías, tendrían que usar exclusivamente sus mentes. ¡Ojalá hubiesen conocido alguna vez el papel!

De la reunión se determinó que las tierras emergidas de Georovia se componían de un gran supercontinente, que poseía un importante mar interior sobre el hemisferio norte cuyas costas occidentales bañaban el lugar donde pretendían ir inicialmente. A parte y hacia el oeste de la gran zona continental existía una isla cuyo tamaño era bastante significativo aunque muy reducido comparada con el resto de las tierras. Habían entrado por la zona más septentrional del hemisferio norte, de eso estaban seguros. El planeta giraba de oeste a este y los rayos de aquella maldita estrella habían incidido casi perpendicularmente sobre sus cabezas. Con estas consideraciones iniciales era plausible pensar que se encontraban cerca del trópico del planeta, en unas fechas próximas al solsticio de verano. Desde luego no estaban en la zona fría que intuían al norte, y en una zona más cercana al ecuador creían que hubiesen encontrado una vegetación exuberante, por lo que también quedaba descartada esa opción.

Llevaban cuatro días de penosa marcha, eran muchos, tenían que transportar los víveres y el agua traída de Troncara así como los depósitos de semillas y algunos animales de granja. Era evidente que no todos tenían la condición física que poseían los que encabezaban la marcha. Había niños, heridos y gente que comenzaba a enfermar, lo que hacía que a ratos  el trayecto fuese desesperadamente lento, y por si fuera poco, el terreno no contribuía para nada. Rocas puntiagudas salpicando baches arenosos, grietas, pequeñas subidas, tramos en los que era necesario trepar unos metros, un ambiente seco que rasgaba las gargantas, una maldita estrella que parecía derretir rocas y mentes a su paso, y unas noches heladoras que competían en desagrado con el furor del mediodía. Pero el destino estaba claro, la niebla permanecía en las montañas y había que llegar a ellas, subirlas y esperar encontrar tras ellas una fértil tierra bañada por el gran mar interior georoviano. Rijka pensaba una y otra vez que al final de la jornada alcanzarían el pie de las montañas. Él sabía que era un bálsamo estúpido, pues abandonar aquella pedregosa llanura para ascender aquella erosionada cordillera no era ningún progreso en términos de comodidad. Pero aquellas montañas le llevaban a su niñez, a los dulces recuerdos de su infancia donde trotaba con sus amigos por los cerros. Aquella visión inocente e idílica era capaz de animarle incluso en los confines del universo, aún sabiendo que no volvería allí jamás.

Al fin llegaron al pie de las montañas. La cordillera se componía de majestuosos cerros de color amarillento coronados intermitentemente por aquella niebla caprichosa, la cual nunca cruzaba el límite de las cimas, lugar donde el aire perdía toda su humedad  y descendía reseco e hiriente por la cara de la cordillera donde ellos se encontraban. Eran montes prominentes surcados de profundas barranqueras, sinónimo de que la escasa lluvia que allí caía producía un efecto muy significativo en aquellas desprotegidas laderas. Vieron las primeras plantas en el fondo del barranco donde se refugiaron, sin duda indicativo de cierta humedad. Allí es donde la gente comenzó a lamer rocas. Rijka y Borrak se afanaron en retirar a toda esa gente que buscaba ahorrar agua de los tanques que transportaban, pues sin duda constituía una grave imprudencia. Las sondas y robots enviados previamente habían identificado a Georovia como un planeta muy similar a Troncara, pero sin duda no eran informes que dieran grandes detalles. Esa agua podía contener microorganismos o sustancias dañinas para los troncaros y esto era un precio inasumible. Lo prudente era asentarse en un lugar seguro y dejar que los técnicos puedan evaluar estos pormenores, hasta entonces solo beberían el agua que llevaban.

Al amanecer comenzaron la ascensión, dura y extenuante, donde se añadía al calor de la zona una radiación creciente conforme ganaban altura. Rijka se recolocó el pañuelo que le cubría la cabeza y miró al frente buscando las cimas, las cuales se alzaban unos mil quinientos metros sobre sus cabezas, después miró hacia atrás y observó que a muchos les fallarían las fuerzas. Un halo de tristeza le invadió mientras resistía la tentación de beber más agua.

En la cabeza de la expedición iban dos jóvenes atletas troncaros, Castka y Preska, subían, bajaban, observaban, informaban, eliminaban algunos obstáculos, retrocedían hasta a la parte trasera de la expedición para ayudar a los más débiles, socorrían a los que se desmayaban y volvían a superar a todos para informar de los próximos tramos. Eran portentos físicos y su organizado trabajo estaba resultando fundamental. Esperaban hacer cumbre el tercer día, pues a pesar de las dificultades no se habían encontrado hasta entonces lugares especialmente inaccesibles, se trataba de grandes montañas pero que siempre mostraban algún lugar por donde poder seguir caminando. A mitad de esa tercera jornada, Castka, que abría la marcha en aquel momento bajó corriendo para encontrase con el capitán Rijka y el teniente Borrak. Ellos tendrían que tomar la decisión final.

—Capitán Rijka, teniente Borrak, a un par de kilómetros nos encontraremos con una gran mole maciza difícil de atacar. Creo que solo tenemos dos opciones, o bordear todo ese macizo y desviarnos bastante hacia el este para buscar un lugar accesible, o arriesgarnos a pasar por el oeste, por el paso que existe sobre aquel desfiladero y que prácticamente nos dejaría a unas pocas horas de alcanzar el collado —Dijo Castka mientras recuperaba la respiración.

Hablaron entre ellos un rato y decidieron que no se podían permitir el lujo de tardar un día más. Tenían que atacar lo antes posible las cimas para poder pasar a la otra vertiente, donde estaban puestas sus esperanzas. Los víveres comenzaban a menguar peligrosamente y eso marcaba el camino.

Cuando se adentraron en la cornisa sobre el desfiladero, Rijka se sintió mareado. No era un barranco, era un verdadero abismo y la cornisa sobre la que caminaban apenas tenía un par de metros de anchura. Superado el impacto inicial se concentró en no mirar demasiado hacia abajo y vigilar donde ponía los pies. Caminaba robóticamente, rogando que se acabara pronto, y si hubiese podido pedir un deseo, hubiese pedido sobre todas las cosas que algún ser superior le cogiera por los hombros y los pusiese unos cuantos kilómetros más adelante. Envidiaba a Castka y a Preska, ellos iban y venían, ayudando a los demás, como si no estuviesen en las mismas puertas del infierno, como si no fuese con ellos. Era casi mediodía y aquella maldita estrella se hallaba casi perpendicularmente sobre sus cabezas, abrasándoles las entrañas y haciendo una exhibición de poder que subyugaba a los troncaros. La marcha seguía con pesadez, y Rijka ya casi se había acostumbrado a caminar por aquel lugar cuando un tremendo estruendo resonó de lo más hondo de la montaña, como si el cielo fuese a caer sobre sus cabezas. Miró a Borrak que caminaba a su lado y ambos quedaron paralizados. Pasaron unos segundos agónicos, eternos, a la espera de que pasara algo más. Miraron hacia atrás y vieron desplomarse una parte de aquel macizo rocoso, viendo como muchos de sus compatriotas caían al vacío de aquel abismo sin que nada ni nadie pudiese remediarlo. Ellos habían tomado aquella decisión por todos aquellos que volaban hacia un destino seguro, se sentían responsables de aquella desgracia y hubieran preferido caer ellos. Era una losa demasiado pesada de transportar. Las lágrimas parecían querer inundar aquellos áridos parajes y el destino parecía burlarse de ellos.

Continuará….

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