UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

La conquista de Georovia I. El gran éxodo


Texto escrito por Julián Chaves 

La conquista de Georovia I. El gran éxodo

La conquista de Georovia II. Polvo, sudor y lágrimas

La conquista de Georovia III. El cisma

La conquista de Georovia IV. El precio de la paz

La conquista de Georovia V. La solución final

La situación era insostenible y el delicado momento había llegado. Ellos, los últimos supervivientes del planeta Troncara tendrían que salir de él para no volver nunca jamás. La guerra había sido especialmente cruenta y los invasores, procedentes de un lejano planeta llamado Vastopro, no habían hecho ni un solo prisionero y tampoco tardarían demasiado en descubrir el escondrijo donde se hallaban los 549 supervivientes. Por suerte, su civilización había llegado a un buen nivel técnico y cultural, y llevaban más de un año preparando la huída y seleccionando las posibles opciones migratorias. Ahora ya estaba claro, irían a Georovia, un planeta todavía deshabitado que ofrecía muchas oportunidades de supervivencia por la similitud que parecía tener con su querida Troncara, y con las antiguas leyendas sobre la Tierra. Ya no había vuelta atrás, la suerte estaba echada.

El capitán Rijka, junto al gabinete que comandaba la organización del éxodo, había decidido bautizar el nuevo planeta con el nombre de Georovia porque su elección se había efectuado bajo criterios geográficos, topográficos y geodésicos, los cuales y bajo los conocimientos científicos que habían ido adquiriendo los troncaros se relacionaban enormemente con un sinfín de condiciones ambientales y por tanto con la potencialidad de un territorio para una u otra cuestión. En primer lugar seleccionaron el planeta mediante sistemas de información geográfica espaciales y la cartografía planetaria existente, ponderando posteriormente distintas características como lejanía, distancia a la estrella más cercana, superficie, si se intuía alguna civilización presente, clima potencial, estado de la biota y muchos otros parámetros que fueron analizados por los potentes ordenadores que aún poseían por aquel entonces los troncaros. La elección no fue fácil, de los diez planetas que superaron las exigencias del gabinete, tan solo Georovia se intuía deshabitado, al no tener ningún tipo de satélite artificial orbitando a su alrededor ni ninguna fuente de energía para alimentar el tráfico espacial, que por otra parte era inexistente, pero se situaba en los confines de la galaxia y el viaje se presumía arduo. A pesar de ello, fue el elegido, y lo fue por que los troncaros no querían cruzarse con ninguna otra civilización, pues la invasión vastoproniana había sido demasiado impactante para un pueblo históricamente pacífico como ellos. Una vez seleccionado el planeta gastaron sus últimos recursos en enviar varios robots de muestreo hasta aquella remota tierra todavía sin cartografiar, obtener así los datos necesarios para determinar el punto más óptimo del planeta para comenzar desde cero.

Los datos arrojaron una cantidad ingente de información, la cual pudieron destruir a tiempo antes de que todo un regimiento vastoproniano aplastara Evimeriópolis, la última ciudad troncara. Por suerte el conocimiento de su territorio era inmenso y detallado y al menos por un tiempo estarían a salvo de los rudimentarios satélites y radares que usaban los invasores, y lo conseguirían ocultándose dentro de una remota cueva, en una zona desértica y de cielos despejados muy propicia para el despegue y donde habían abierto una gigantesca entrada por donde saldrían las tres naves que deberían volar a Georovia. Los troncaros, en previsión del holocausto ya habían llevado lo necesario hasta allá a lo largo del yermo páramo deshabitado que se extendía al oeste de Evimeriópolis, y que no representaba a priori, ningún interés para el invasor.

Por fin el día marcado llegó, la rabia y la impotencia eran manifiestas, como lo era el miedo a lo desconocido pues a partir de la próxima hora se adentrarían en un sinfín de peligros, y si todo iba bien, tendrían que empezar de nuevo no solo con sus propias vidas sino con la nueva historia de los troncaros. Un sinfín de recuerdos se agolpaban con ímpetu en las mentes de todos ellos y el vértigo ante la incertidumbre que les aguardaba les hacía a todos permanecer en un silencio sepulcral en los minutos previos al despegue. Su destino había tomado un inesperado giro con la llegada de la barbarie, pero ellos bien por suerte o bien por astucia todavía estaban en condiciones de ser los dueños de su futuro, no como el resto de los troncaros a los  cuales fue dedicado el último minuto sobre el planeta. Pocos se resistieron a lanzar una última mirada a su antiguo hogar, como pocos fueron a los que no les brotaron cascadas de lágrimas tras ese inocente e irremediable gesto.

Al trayecto se le suponía una duración de 20 días, toda una eternidad teniendo en cuenta a la enorme velocidad a la que podían viajar sus naves. Tenían víveres para 40 días, semillas de todo tipo  y algunos animales de granja, tendrían que repostar tan solo dos veces y de esta manera se aseguraban llegar sin sobresaltos y poder afrontar los primeros días en Georovia. Por otra parte tal carga en las bodegas implicaba que no pudiesen llevar algunas de las grandes maquinarias  y sofisticados instrumentos que todavía no habían sido destruidos en guerra más allá de básicos computadores y otras herramientas elementales, pues lo primordial era que todos pudiesen llegar al nuevo planeta y poder amortiguar las necesidades alimenticias los primeros días, confiando en que la zona elegida les proporcionaría alimentos básicos en los tiempos iniciales y que poco a poco podrían construir instrumentos e instalar un sistema agrícola fructífero que fuese el principio de una próspera y feliz civilización, tal y como fue antaño. Confiaban en sus grandes conocimientos y confiaban en el lugar que habían elegido para instalarse, una pedazo de Georovia situado en las coordenadas (39°43′07″N 1°26′20″O), a unos 150 metros de altitud sobre el mar que se extendía a 5 kilómetros al este sobre un pequeño promontorio, desde donde podrían gozar de un clima suave regulado a efectos del elevado calor específico del agua, pero con la suficiente elevación y distancia para no verse afectados por los inconvenientes de ciertas aguas estancadas que se situaban en la zona más cercana a la costa, al norte, con una alineación de oeste a este y unos 40 kilómetros de distancia se extendía una imponente cordillera cuyos picos superaban los 3500 metros en numerosos puntos, suficiente para frenar los vientos heladores que podrían provenir del norte, seguramente con minas de diversos minerales. De la misma cordillera parecían brotar numerosos arroyos con numerosos saltos de agua que podrían utilizarse para aprovecharlos hidroeléctricamente, estos riachuelos eran afluentes todos ellos del gran río que provenía del oeste y que parecía recorrer más de mil kilómetros desde unas lejanas montañas y que creaba en su recorrido una inmensa llanura aluvial cuya productividad potencial era inmensa. Hacia esa zona oeste no se encontraban grandes cadenas montañosas en cientos y cientos de kilómetros por lo que el área quedaba expuesta a las borrascas que entrarían por el gran océano del oeste evitando así grandes sequías, pero sin ser una zona especialmente lluviosa por la lejanía de esa masa acuática. El clima sería suave, pero por la latitud sus inviernos serían algo frescos, lo suficiente para permitir un adecuado período de latencia en todos los frutales que pensaban plantar. tendrían agua de sobra, además, situados en su pequeño montículo a unos 3 km del gran río y extendiéndose siempre hacia el otro lado evitarían las previsibles y periódicas inundaciones, que serían por otro lado la fuente primaria de fertilidad y prosperidad. Por el momento podrían alimentarse de los innumerables frutos del frondoso bosque ribereño, y de pequeños animalillos, podrían construir refugios con la madera que fuesen talando para dejar paso a la agricultura y podrían pescar en el río y en el mar. En el futuro construirían un puerto y explorarían tierras lejanas, los sueños se mezclaban con la nostalgia y la tristeza les embargaba aún ante un panorama tan propicio.

El capitán Rijka se mostraba absolutamente ensimismado, estaba a punto de penetrar en la atmósfera de Georovia. Ya había dado instrucciones a las otras dos naves para que le siguieran de cerca en todo momento y absorto en sus tribulaciones pensaba en que el viaje había sido demasiado fácil, teniendo en cuenta haber tenido que dar ciertos rodeos para no atravesar zonas en conflicto. Llevaban dos días sin cruzarse con ningún vehículo espacial y desde entonces solo habían pasado de largo un pequeño planetoide, era como si Georovia fuese el último reducto del universo, un lugar pequeño y olvidado con nulo valor geopolítico y que no interesaba a ninguna de las grandes potencias casi por pereza. Se alegró de este hecho, ya había visto demasiado con la invasión vastroproniana y ansiaba paz y tranquilidad, rogaba para sus adentros que los datos no estuviesen equivocados, que no hubiese nadie allí y que el lugar de aterrizaje fuese tan prometedor como las computadoras y los métodos estadísticos de selección afirmaban. Volvió al a realidad y se percató del poco combustible que les quedaba cuando por fin penetró en la atmósfera, dirigió la nave hacia las coordenadas indicadas pero al entrar en la troposfera del planeta fueron pasto de fuertes turbulencias, el viento cambiaba de dirección brutalmente a cada instante aunque parecían ser arrastrados en una dirección, como si estuviesen en un potente chorro horizontal, algunas partes de las naves comenzaban a dañarse perdiendo por completo su capacidad de localización, fueron arrastrados durante unos minutos angustiosos cómo si de aguas bravas se tratase y apuraron el combustible en seguir una ligera dirección descendente. Para cuando salieron de este torrente atmosférico no tuvieron más remedio que aterrizar en modo planeador pues el incidente había consumido lo poco que quedaba. El capitán Rijka veía tras de sí la nave pilotada por el teniente Borrak, pero no la del teniente Estrek al cual no podían esperar ni buscar por la imposibilidad de volar autopropulsadamente. El aterrizaje no fue fácil, sin controles electrónicos, tocar tierra suavemente con aquellos aparatos era una quimera y algunas partes quedaron dañadas aunque por suerte sin daño alguno para los viajeros. Habían invertido sus últimos recursos en la logística del viaje y en el conocimiento geográfico del nuevo planeta, pero la falta de datos meteorológicos les hizo obviar esa potente corriente en chorro que afectó gravemente a sus sistemas de geoposicionamiento, que acabó con su combustible y que minó brutalmente la moral de todo troncaro. Después de todos los esfuerzos, se hallaban perdidos y sin 160 de los suyos.

Continuará….

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