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John Snow: el padre de la epidemiología


Texto escrito por Fernando Cervera

Si os hablara de John Snow, un héroe que luchó contra enemigos invencibles, que tuvo que enfrentarse a los dogmas de su sociedad y que además nació de forma humilde pero que acabó rodeado de honores e incluso tuvo tratos con la realeza, seguramente pensaréis que sabéis de quien hablo, pero la realidad es que no me refiero al personaje de Juego de Tronos, sino a uno de los pioneros de la epidemiología. Esta es su historia.

De reyes y reinas

John Snow nació en el año 1813. Para situaros en el contexto histórico, Napoleón Bonaparte peleaba contra medio mundo para conquistarlo, y al mismo tiempo nació David Livingstone, una persona que ya desde joven encarnaría la idea del explorador ilustrado que marcaría el siglo XIX. Así pues, John Snow nació en un vecindario pobre y en una familia tremendamente humilde: su padre trabajó, entre otras cosas, en un almacén de carbón y como granjero.

El destino de Snow comenzó a forjarse cuando era un adolescente, ya que a la edad de 14 años fue mandado como aprendiz a la consulta de William Hardcastle, un cirujano. Posteriormente trabajaría como ayudante de otro cirujano en una mina de carbón, y finalmente, en 1836 y a los 23 años, se inscribió en una escuela de medicina. Para no aburriros con demasiados detalles, os diré que le fue bien y que finalmente entró en diversas instituciones médicas de la época, pero pronto destacaría por ser uno de los pioneros de una moderna técnica médica: la anestesia.

Para todo aquel que esté familiarizado con películas como Las normas de la casa de la sidra o series como The Knick [1], es posible que le suene que uno de los primeros anestésicos utilizados para dormir a los pacientes durante intervenciones quirúrgicas fue el éter y el cloroformo. Pues en eso tuvo mucho que ver John Snow, ya que a pesar de que ambos compuestos se utilizaban desde hacía décadas para anestesiar pacientes, él fue uno de los primeros médicos modernos en estudiar y calcular las dosificaciones correctas para su uso, ya que no controlar las cantidades podía terminar en un desenlace fatal para el anestesiado. En esta dirección, este médico de origen humilde inventó lo que se conocería como la máscara Snow para administrar con seguridad el éter y el cloroformo a los pacientes.

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Máscara y dosificador para dispensar cloroformo, inventados por John Snow

A pesar de que la anestesia ha sido un gran avance para la medicina —la mayoría de cirugías serían imposibles sin ella—, a la gente no le inspiraba grandes pasiones la idea de ser desmayados a voluntad de un médico, con el inconveniente adicional de tener altas probabilidades de morir en el proceso. Pero eso comenzó a cambiar gracias a John Snow, que después de convertir el uso del eter y el cloroformo en algo bastante seguro, administró personalmente anestesia a la reina Victoria en sus dos últimos partos (1853 y 1857 respectivamente). Este hecho hizo que la gente aceptara el uso del eter y el cloroformo como algo bastante seguro y práctico. Pero si estáis pensando que esto es lo más asombroso que hizo John Snow, estáis muy equivocados.

Luchando contra enemigos invencibles

Antes de continuar con la vida de John Snow quiero recordar un dato: Louis Pasteur no comenzó a exponer su teoría germinal de la enfermedad hasta 1860. Dicha teoría venía a afirmar que la gran mayoría de enfermedades se producían por organismos microscópicos que crecían y se reproducían en el medio ambiente. Así pues, cuando en 1854 estalló una epidemia de cólera en el barrio londinense del Soho, John Snow estaba solo ante el peligro.

Snow era muy escéptico sobre la teoría miasmática de la enfermedad, que afirmaba que las enfermedades eran producidas por emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras, y que enfermedades como el cólera se contagiaban por el aire. Así que aunque Snow no entendía el mecanismo de trasmisión de la enfermedad, descartaba como explicación que se transmitiera por el aire, ya que no le cuadraba con los datos que observaba en su día a día.

Nuestro médico, en plena epidemia de cólera, decidió ayudarse del reverendo local para hablar con los vecinos que se habían infectado. Estas investigaciones le llevaron a la idea de que beber agua era lo que en realidad transportaba la enfermedad, e identificó el foco de la epidemia en el pozo de Broad Street, ya que la mayoría de casos se habían producido en consumidores habituales de ese pozo, incluso si vivían en otra zona de la ciudad. No obstante, Snow no vio en el agua nada inusual —posiblemente porque no sabía lo que tenía que buscar—, pero sus mapas sobre afectados en torno al pozo de Broad Street y los casos de enfermos consumidores de ese agua registrados fuera de la zona, convencieron a las autoridades sanitarias para inhabilitar el pozo, ya que además acompañó todas las evidencias con estudios estadísticos bastante rigurosos. Poco después de la clausura del pozo, la epidemia desapareció.

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Mapa creado por John Snow. Se muestran con puntos los muertos por cólera durante la epidemia del Soho, y las cruces los pozos de los cuales bebían los enfermos. La zona de máxima concentración de muertes están en torno a un de esos pozos, que fue el identificado por Snow como fuente de la enfermedad.

Más adelante se especuló con que el pozo fue excavado a un metro de una charca donde se había lavado el pañal de un bebé que contrajo el cólera en otra localización. Lo que es indiscutible es que John Snow identificó por primer vez y de forma correcta el origen del cólera, a pesar de que no podía saber que era ocasionado por una bacteria. Otros antes que él intentaron identificar el origen de la enfermedad, incluso con estudios similares, pero no fue hasta la llegada de este médico, hijo de un trabajador del carbón, en que el cólera comenzó a estar más controlado.

Esta victoria de Snow sobre el cólera, una enfermedad altamente mortal e imparable, fue un evento sin precedentes, y es citado por muchos como el comienzo de la disciplina científica de la epidemiología. Y todo gracias a un héroe llamado John Snow, que si bien no luchó con su espada para salvar el mundo, lo hizo con su ingenio y sus ideas para lograr vencer al dolor y la muerte. Y lo consiguió.

[1] Enlace al artículo sobre The Knick

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