UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Experimentación ilegal con humanos


Foto 1. Doctores inoculando a un paciente de durante el Experimento Tuskegee

Texto escrito por Fernando Cervera

A nivel social existe una idea muy asentada en la población que dice que las farmacéuticas experimentan y han experimentado ilegalmente con humanos. ¿Es cierta esa afirmación?

En primer lugar me gustaría decir que, en el caso de ser cierto que algunas farmacéuticas han experimentado ilegalmente con humanos, eso no querría decir que lo hayan hecho todas. Ahora bien, quiero mostraros algunos datos que ilustran muy bien el tema. El primer caso que quiero contar es el del Experimento Tuskegee. [1]

El Experimento Tuskegee no fue realizado por una farmacéutica sino por el Servicio Nacional de Salud de Norteamérica. En este caso se estudió durante casi 40 años los efectos que tenía la sífilis en pacientes sin tratar. Los médicos responsables del experimento diagnosticaban la enfermedad en negros de barriadas pobres, pero después no les comunicaban la información. El experimento consistía en determinar cuánto tiempo tardaban en aparecer los síntomas severos, además de ver cómo se desarrollaba la enfermedad hasta la muerte. No fue hasta principios de los años 70 cuando se detuvo el experimento. No obstante el caso merece una atención pormenorizada para entender lo que pasó realmente.

Decía Tito Maccio Plauto que el hombre es un lobo para el hombre, y esta historia lo refleja muy bien. Para todos aquellos que quieran profundizar en lo sucedido les recomiendo la película El experimento Tuskegee (Miss Evers’ Boys, 1997). El film cuenta la vida de Eunice Rivers, una enfermera afroamericana que permaneció en el estudio científico a lo largo de 40 años. Esta enfermera era quien realizaba el contacto entre los médicos y los pacientes negros y llegó a firmar como autora principal muchos artículos ligados al experimento.

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Foto 2. Artículo científico firmado por Eunice River, una de las responsables del Experimento Tuskegee.

La sífilis es una enfermedad de trasmisión sexual ocasionada por la bacteria Treponema pallidum, que es una espiroqueta con forma parecida a un sacacorchos. Esta bacteria es muy pequeña: mide entre 5 y 20 micras de largo y 0,5 de diámetro. Además es muy delicada, no puede soportar temperaturas superiores de 42°C y no es resistente a la penicilina. Es por ello por lo que la sífilis es una enfermedad fácilmente tratable aunque todo esto no se sabía en el año 1928.

El Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos y la Fundación Rosenwald de Chicago financiaron un estudio sobre el porcentaje de enfermos de sífilis que había dentro de la población negra. Otros estudios similares fueron realizados en poblaciones de blancos ya que querían ver si existía alguna diferencia entre ambas comunidades. En un principio el estudio fue puesto como un ejemplo de la integración de los negros en los EEUU.

Siguiendo con esa línea, en 1929 se inició otro estudio para determinar la cantidad de infectados de sífilis en las diferentes regiones de los EEUU. Al hacerlo se vio que el condado de Macon (Alabama) era el que presentaba mayor cantidad de enfermos: un 36% de la población adulta. La idea original del experimento fue que durante 8 meses, 399 sifilíticos de raza negra fueran estudiados y comparados con un grupo de 201 hombres sanos. La idea era ver de qué forma podía detectarse mejor la enfermedad. Al final de ese tiempo todos los pacientes serían tratados.

En aquel momento la penicilina acababa de ser descubierta por Alexander Fleming pero aún no se usaba para curar la enfermedad. La única forma que existía de tratar la sífilis era usando el Salvarsán, el cual contiene altas dosis de arsénico. Este compuesto es conocido por tener muchos efectos nocivos para el ser humano así que el fármaco provocaba muchísimas reacciones graves. Por otro lado era muy caro, así que para que se ofrecieran algunos voluntarios se dijo que los tratamientos médicos, las revisiones, la comida y el transporte serían totalmente gratuitos al terminar el experimento. Muy pocos se negaron.

Los médicos que comenzaron el experimento pidieron ayuda a los doctores negros del Instituto Tuskegee. El infierno para los pacientes comenzó cuando se decidió que, cómo la sífilis provocaba un gran rechazo social, no se informaría a los pacientes de qué enfermedad padecían. La población era en su mayoría analfabeta así que se les dijo que tenían la enfermedad de la sangre mala, un término que englobaba muchas dolencias diferentes.

Al poco de iniciarse el estudio la Gran Depresión hizo que se perdieran muchos de los fondos que tenía el proyecto, así que los médicos no podían hacerse cargo de sus promesas, es decir, otorgar tratamiento a los pacientes. Los investigadores involucrados en el proyecto, tanto los blancos como los negros, se vieron frente a una delicada situación: tenían que decidir si cancelar el estudio o continuarlo. Optaron por la segunda opción.

Finalmente los médicos idearon otro experimento: observarían el desarrollo de la sífilis sin tratar en los 399 pacientes que ya la tenían. Se optó por continuar ocultando a los sifilíticos su enfermedad y los pocos fondos que aún les quedaban fueron destinados al transporte, los exámenes médicos y la toma de muestras. Las mentiras llegaron a tal nivel que los médicos dijeron a los pacientes que, las punciones lumbares que les hacían para recolectar muestras, eran en realidad el tratamiento para la enfermedad que padecían.

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Foto 3. Punción lumbar realizada durante el Experimento Tuskegee

El seguimiento de los pacientes solo tendría que haber durado ocho meses pero al pasar el plazo nadie paró el experimento. Los médicos negros de la Universidad de Tuskegee veían en él una fuente de financiación, y para los médicos blancos del Servicio Nacional de Salud suponía una gran oportunidad ya que podrían hacer un estudio único en el mundo.

El dilema llegó cuando la penicilina comenzó a usarse en el ejército para tratar muchas enfermedades en el 1943, entre ellas la temida sífilis. Cuando 250 hombres del estudio fueron llamados a filas para combatir en la II Guerra Mundial los investigadores vieron peligrar su trabajo, ya que en el ejército esos hombres serían curados. Los médicos emitieron un informe y así lograron que los 250 enfermos no fueran reclutados. Los pacientes pensaron que los doctores les estaban haciendo un favor cuando, en realidad, lo que querían era no curarlos para poder continuar con su experimento.

Otro de los momentos críticos llegó en 1947: la sociedad descubrió los experimentos que hacían los nazis con los judíos y se aprobó el Código de Nuremberg. Se acordó que todos los ensayos clínicos realizados en humanos se harían con el conocimiento y aceptación de los pacientes, pero los médicos de Tuskegee continuaron con el estudio. ¿Cómo lo justificaron? Diciendo que, como su experimento se había iniciado en 1932, no se le podía aplicar el Código de Nuremberg con carácter retroactivo.

En 1948 la penicilina era usada de forma habitual para tratar la sífilis, así que para evitar que los pacientes fueran curados de su enfermedad los médicos mandaron a todos los hospitales del condado una lista con los nombres de los enfermos. En la carta se pedía que no les suministrasen penicilina ya que eso podría interferir con el estudio que estaban realizando. Además, se les dijo a todos los pacientes que la penicilina era peligrosa y que no debían consumirla bajo ningún concepto.

Finalmente todo terminó en 1972 cuando Peter Buxtun, un médico que acaba de entrar en el estudio médico, denunció todo lo sucedido ante los periódicos. Al final solo sobrevivieron 74 personas de los 399 pacientes iniciales. 128 de los fallecidos murieron por complicaciones relacionadas con la enfermedad. Por otro lado 40 esposas de los enfermos fueron infectadas y 19 niños nacieron con sífilis congénita. Una historia que hiela la sangre, sobre todo al pensar que algunos de los implicados ocuparon durante muchos años algunos cargos en instituciones públicas. De hecho, el doctor John Charles Cutler también estuvo implicado en otro tema de experimentación ilegal con humanos, los conocidos como Experimentos de Guatemala. En este caso el gobierno de los Estados Unidos financió unos estudios médicos realizados en Guatemala entre los años 1946 y 1948. En dicho estudio algunos médicos estadounidenses infectaron de sífilis y gonorrea a muchos ciudadanos guatemaltecos sin su consentimiento: muchas de las víctimas fueron soldados, prisioneros, enfermos mentales, prostitutas y niños huérfanos. El objetivo del estudio era comprobar la efectividad de nuevos fármacos como la penicilina. En total 696 personas fueron usadas en los experimentos. [2]

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Foto 4. Fotograma de la película El jardinero fiel.

Después de estos primeros casos quiero hablar de la película El jardinero fiel. El film está basado en una novela de John Le Carré y trata sobre unos ensayos ilegales llevados a cabo en niños nigerianos por empresas farmacéuticas. Lo que poca gente sabe es que la novela se fundamentó en un contexto real. En el año 1995 había una terrible plaga de meningitis en Nigeria y la empresa farmacéutica Pfizer se ofreció a repartir ayuda humanitaria, pero lo que realmente hizo fue un ensayo clínico con el antibiótico experimental Trovan. En teoría se requería el consentimiento informado para realizar el experimento pero el gobierno de Nigeria dijo que todo se hizo sin el conocimiento de los pacientes. Además, según la denuncia interpuesta, Pfizer manipuló datos para que se pudieran realizar los ensayos clínicos. Finalmente el resultado del ensayo Trovan de Kano (se llamaba así por la región donde ocurrió) terminó con la muerte de once niños y graves malformaciones en otros 200, los cuales pertenecían a familias pobres [3]. A Pfizer la condenaron a pagar por las muertes ocurridas pero solamente tuvieron que ofrecer algunas pocas indemnizaciones económicas. Este caso ocurrió en el año 1995 y los responsables del experimento siguen en muchos cargos dentro de la farmacéutica.

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Foto 5. Enfermera de la RDA

El último caso que quiero contaros es el de las multinacionales Bayer, Schering, Pfizer, Sandoz y Roche, que experimentaron con 50.000 alemanes occidentales durante los años 80 [4]. Lo que ocurrió fue que, cincuenta clínicas médicas de la República Democrática Alemana (RDA), colaboraron con algunas multinacionales en unos 600 experimentos ilegales. Los enfermos fueron tratados con medicamentos que no tenían licencia. A cambio los consorcios empresariales pagaron elevadas sumas de dinero a las autoridades de la RDA —aproximadamente unos 450.000 euros por cada experimento—. Se probaron diferentes tratamientos como la quimioterapia, productos para el corazón, inmunodepresores, antidepresivos y otros muchos fármacos. Los enfermos no sabían que estaban siendo tratados con medicinas que carecían de licencia de distribución.

Entre los experimentos que se hicieron destaca el de la empresa Hoechst, que probó el medicamento Trental y produjo dos muertos. Otras dos pacientes murieron tras ser tratados con Spirapril, de la farmacéutica Sandoz. También la empresa Boehringer, que actualmente forma parte de la multinacional suiza Hoffmann-La Roche, probó en 1989 tratamientos hormonales con EPO en 30 bebés prematuros. También Bayer probó el medicamento Nimodipin sin el consentimiento informado requerido.

Como conclusión de todo lo expuesto solo me queda por decir que estas historias no son las únicas que he encontrado. Nuestra sociedad, acostumbrada a señalar con el dedo los experimentos nazis y calificarlos de monstruosidades, desconoce que muchas empresas y gobiernos occidentales han realizado experimentos similares. Los motivos siempre son los mismos: el chovinismo de unos frente a la incultura y el desconocimiento de otros. La bioética tiene una gran importancia en nuestra sociedad y lo que no es admisible es que muchas empresas y gobiernos puedan realizar estas prácticas sin un castigo equiparable al daño causado. Los perjudicados más visibles son las personas afectadas pero la víctima silenciosa es la humanidad, ya que una sociedad que no aplica la ética a sus experimentos corre el riesgo de manchar y deshumanizar cualquier fruto de los mismos.


Referencias:

[1] sagepub.com

[1] elsevier.es

[2] elpais.com

[2] elsevier.es

[3] nytimes.com

[4] elpais.com

Un comentario
  1. Sr. Grant

    December 18, 2014 en 17:59

    Que hijos de puta . . .

    Responder

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