UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Evolución (artificial) musical, ‘the survival of the funkiest’


Texto escrito por Dani Martínez

La música evoluciona. Es un hecho, además. Todos conocemos lo que se denomina como música clásica, y todos oímos los temas del verano que nos ametrallan sin piedad en cualquier lugar en etapa veraniega. Son dos estilos de música totalmente diferentes, y uno es mucho más antiguo que el otro, no es difícil saber cuál. Así pues, la música evoluciona. Y es normal, porque la música es un concepto íntimamente unido a la sociedad puesto que se hace desde y para ella. Nuestras costumbres han cambiado, así como nuestros gustos, conocimientos y forma de pensar. La cultura es un ente tan capaz de evolucionar como las propias especies que habitamos este planeta. Es más, diría que los aspectos culturales evolucionan a un ritmo difícilmente alcanzable por todos nosotros, sobre todo desde la llegada de las tecnologías actuales. Pero no nos desviemos mucho del tema. La música evoluciona.

En su día ya os hablamos sobre qué aspectos podrían haber hecho que la música naciese y se desarrollase, gracias al apoyo que parece que puede dar en casos de disonancia cognitiva. Sin embargo, el propio proceso evolutivo que sufre la música para llegar a lo que es ahora es otro tema distinto. Hace unos pocos años se publicó un artículo [1] que abordaba esta temática, ofreciendo unas pistas muy interesantes sobre lo que puede estar pasando. Para ello idearon un método en el que se partía de una pista de música original y aleatoria que iba siendo seleccionada por presión social, y que además sufría procesos típicos como recombinación y mutaciones. Un cóctel completo de evolución, oiga. La plataforma que hicieron para llevar a cabo este experimento se denominó “DarwinTunes”, y en su página principal se pueden encontrar pistas con diferente número de generaciones de selección, para que podáis ver cómo fue evolucionando el material original.

Pero antes de oír nada lo mejor es ver qué ha hecho esta gente en este curioso experimento. Se parte de “genomas digitales” que codifican diversos sonidos. Cada uno de estos genomas especifica la posición de las notas, la instrumentación y otros parámetros de la ejecución. Sin embargo, hay algunos elementos como el tempo o la métrica que están fijados. Bien, en cada generación tenemos 100 de estos genomas y la gente puntúa del 1 (muy malo) al 5 (muy bueno) cada uno de ellos. Cuando se han puntuado 20 diferentes, se escoge a los 10 mejor valorados y se cruzan entre ellos, dando dos genomas hijos, los cuales sustituirán a los genomas padre. Como ya he comentado, estos genomas hijos sufren tanto de recombinación entre los genomas de los padres, como también mutaciones, para dotar de variabilidad a la población original. Tras este proceso de “apareamiento”, se vuelve a comenzar el ciclo. La población original, por cierto, se generó a partir de dos genomas originales durante 100 generaciones sin selección, para dar variabilidad al sustrato inicial.

selection

Una vez obtenidas suficientes generaciones, lo que estos investigadores hicieron fue dejar que los oyentes puntuaran una pequeña muestra de sonidos de todas las generaciones producidas sin saber a cuál pertenecían. Al hacer esto se pudo medir qué “atractivo” tenían los sonidos independientemente de su generación. La gráfica que se muestra abajo es bastante clara, se ve como la puntuación de los sonidos aumenta de forma considerable en las primeras centenas de generaciones hasta llegar a una zona estable.

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Gráfica de la evolución del atractivo musical (M), valorado del 1 al 5.

Además de esto, también midieron dos parámetros muy interesantes. El primero tiene que ver con el uso de acordes generalmente usados en la música occidental. Podemos pensar en un acorde como un conjunto de notas tocadas a la vez que suenan de una forma característica. Acordes hay muchos, y la forma de enlazarlos entre ellos da pie a una gran potencia a la hora de generar música. Lo que está claro es que la música occidental es bastante diferente de la música oriental, por ejemplo, ya que se utilizan diferentes escalas, acordes, y formas de enlazar todo esto. Así pues, uno puede medir si se están utilizando acordes más occidentales en la música que está siendo generada por evolución. El segundo parámetro tiene que ver con el ritmo de las melodías generadas, de lo que se puede sacar una especie de “complejidad”. Los resultados de cómo varían estos parámetros respecto a la generación vuelven a hablar por sí solos, viendo otra vez que llegamos a un estado estable a partir de unas 600 generaciones.

Evolución del uso de acordes de tipo occidental (CL), y de la complejidad medida por ritmos (R).

Evolución del uso de acordes de tipo occidental (CL), y de la complejidad medida por ritmos (R).

Esto arroja interesantes conclusiones sobre la evolución musical. Podemos ver que ésta puede seguir vías “Darwinianas” a la hora de evolucionar, y que podemos medirlo de forma de experimento con música artificial, como es el caso. Que los parámetros medidos lleguen siempre a una especie de estado estable puede sugerir varias razones de por qué está pasando, desde que se agoten las innovaciones evolutivas, a la baja fidelidad de transmisión, o efectos de deriva. Aunque en el artículo intentan arrojar luz sobre estos efectos, también comentan que este modelo es un primer paso para entender los procesos evolutivos de la música. Tened en cuenta que la música no se elige de forma independiente sino que hay presión social para escoger qué oímos, y con qué nos quedamos. Ahí tenemos las listas de éxitos que cada semana nos recomienda tal o cual canción, produciendo sesgos que aquí no se han mostrado. Por lo tanto se puede aumentar la complejidad si añadimos el factor social a la selección, o si implementamos otro tipo de aspectos más evolutivos al mismo como sería la generación de nuevas músicas por duplicaciones, algo parecido a lo que escribí aquí y que pasa en los genes.

Lo que está claro es que la música no es algo estático, cambia y nos cambia la forma de percibir el mundo. Desde los cantos que se hacían en los monasterios pasamos a obras musicales mucho más complejas como las conocidas fugas de Bach. Más tarde nos empezaron a llegar obras sinfónicas donde la música pasaba a expresar directamente sentimientos, lugares, o hechos con una claridad que casi es posible dibujar en nuestra mente cuando escuchamos algunos fragmentos como La Tempestad, de Tchaikovsky. De la música melódica hemos pasado a una más dura, más áspera, y más difícil de rascar en primeras escuchas, pero que guarda mucho contenido tras esa corteza. Y hemos llegado a la grandísima diversidad que tenemos hoy, con tantos estilos musicales que es casi imposible mencionarlos a todos de memoria. Y qué leches, ya que estamos en esta semana tan significativa para los fans de Star Wars, uno se alegra de que la música haya podido evolucionar hasta esto.

[1] Evolution of music by public choice. MacCallum et al. 2012. Enlace.

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