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Españoles olvidados II: Azarquiel, el cincelador de instrumentos


Foto 1: Dibujo que representa a Azarquiel

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Texto escrito por Fernando Cervera

En estos artículos me gustaría hablar, de forma breve, de científicos o personajes ligados a la ciencia que, por haber nacido en España, se han visto abocados al olvido. En otro contexto y en otro lugar, habría universidades con sus nombres, pero en nuestro país ni siquiera aparecen en los libros escolares. Esta es la historia de un astrónomo que, con su ingenio, cambió el curso de la historia, adelantó las tecnologías para la navegación e influyó en la astronomía de forma notable durante los siguientes 700 años. [1]

Nuestro relato comienza en Toledo, justo en el año 1029. Por aquel entonces la ciudad pertenecía al califato de Córdoba, que pocos años después se disolvería y daría lugar a los primeros reinos taifas. En este contexto nació el hijo de un orfebre, un niño que creció como herrero. Le llamaban Azarquiel, pero su nombre verdadero era Abū Isḥāq Ibrāhīm ibn Yaḥyā al-Naqqāsh al-Zarqālī, lo de su mote vino por el color azul de sus ojos, que en el idioma local era pronunciado como zarcos. Cuando Azarquiel era solo un chaval que no sabía leer ni escribir, el cadí lo invitó a formarse como orfebre de palacio [2]. Azarquiel vio así cambiada su fortuna, y de la noche a la mañana se vio rodeado de cultura, libros y un mundo entero por descubrir. No tardaron en hacerle un encargo extraño: querían que construyera herramientas astronómicas. Para ello le indicaron planos y tratados donde se explicaba cómo hacerlos, y con la ayuda de algunos pergaminos de los antiguos griegos lo consiguió. Los sabios de palacio vieron en él un elevado ingenio, y todo ello a pesar de su escasa cultura. Visto todo lo anterior, los astrónomos le animaron a continuar su formación. Pronto fue conocido como el mejor cincelador de instrumentos y sus astrolabios fueron sinónimo de calidad en todo el mundo.

Un día Azarquiel estaba pensando en lo poco prácticos que eran los astrolabios de la época, ya que requerían estar a una latitud exacta para poder ser de utilidad, lo cual suponía que, los navegantes del momento, tenían serias dificultades para poder usarlos en la exploración náutica. Fue entonces cuando Azarquiel desarrolló un nuevo instrumento, el cual cinceló en su imaginación y brotó de sus manos como una auténtica revolución: la azafea. Mientras que el astrolabio podía usarse para observaciones y cálculos desde una latitud específica, la azafea permitía hacer esas observaciones y cálculos en cualquier latitud terrestre, lo cual dotó a los navegantes de un sistema para orientarse en cualquier parte del mundo.

azafea

Foto 2: Una azafea, invento realizado por Azarquiel.

La azafea no solo fue construida, sino que también fue explicada en el libro al-Safiha al-Zarqaliya (Azafea zarqueliana), el cual es un tratado sobre cómo construir lo que él llamaba astrolabio universal. Las exploraciones cambiaron de magnitud y el ser humano salió al mar equipado con un instrumento que le permitió saber dónde estaba. No es una casualidad que, a partir de la invención de la azafea, las exploraciones y los descubrimientos de nuevas tierras se dispararan. Este invento le habría bastado para ser catapultado a la historia, pero Azarquiel no paró ahí.

Nuestro astrónomo toledano participó de forma activa en la compilación de las Tablas Astronómicas de Toledo, para la realización de las cuales contó con dos ayudantes, Al-Juarismi y Al-Battani. Estas tablas ofrecieron a los astrónomos las posiciones de muchos astros y las fechas en las que debían tener lugar algunos fenómenos cósmicos, como por ejemplo las fases de la Luna. Por su buena calidad, estas tablas comenzaron a usarse para predecir la situación futura de muchos cuerpos celestes. Azarquiel, de este modo, predijo con exactitud los eclipses solares que sucederían durante los próximos siglos. Como dato que muestra lo exactas que eran sus tablas, estas mismas fueron usadas por Laplace 700 años después para sus cálculos de posiciones planetarias.

tablas

Foto 3: Algunas hojas de las Tablas Alfonsies, las cuales también se realizaron teniendo en cuenta los datos de Azarquiel.

Y la historia continuó. Con estas dos contribuciones Azarquiel se habría ganado el honor de ser unos de los astrónomos más importantes del milenio, pero hay otros dos hechos que lo elevaron mucho más alto.

La triste realidad es que, con la conquista cristiana de Toledo en el año 1085, muchos de los tratados originales de Azarquiel se perdieron para siempre entre la sangre y el fuego. Azarquiel tuvo que huir a Sevilla para salvar su vida, donde murió dos años después. Perdimos tantos datos que, paradógicamente, su obra la conocemos por las traducciones que se hicieron de sus libros al latín. Por eso no tenemos suficientes datos para saber si, realmente, Azarquiel hizo lo que en muchas referencias encontramos de él. En primer lugar, parece ser que Azarquiel fue, 500 años antes que Edmund Halley, la primera persona en ser capaz de predecir la estacionalidad de algunos cometas. Por otro lado, Azarquiel fue la primera persona en describir una órbita elíptica para un planeta, en este caso Mercurio. La humanidad tuvo que esperar a que Johannes Kepler, 500 años después, descubriera que los planetas tenían órbitas elípticas, lo cual aportó un modelo matemático estable para respaldar el modelo heliocéntrico. Los astrónomos jamás se habían atrevido a representar órbitas que no fueran circulares, ya que eso implicaba romper con un postulado básico de la astronomía de Ptolomeo, la cual venía a decir que los movimientos celestes tenían que seguir órbitas circulares. La innovación de Kepler fue describir órbitas elípticas, pero parece ser que Azarquiel también encontró una respuesta parecida para el planeta Mercurio, aunque faltan datos al respecto.

No obstante Azarquiel no se detuvo ahí. En un momento de su vida quiso conocer y explicar con precisión la existencia de los equinoccios. Escribió un extenso trabajo, el cual se perdió para siempre, donde se daba una explicación para los mismos. Nunca sabremos si tenía razón ya que sus obras fueron destruidas por el fuego y pasó el final de su vida huyendo como un fugitivo.

Como conclusión, me gustaría decir que debemos sentirnos orgullosos de personajes de la talla de Azarquiel, un astrónomo capaz de cambiar el curso de la historia, un hombre destinado a ser un buen artesano que, gracias a su ingenio, logró hacernos entender mejor el universo.

Ocurre que, como dice el refrán, uno no puede ser profeta en su tierra. Azarquiel es un personaje desconocido para los mismos españoles que, siglos atrás, quemaron sus obras y lo persiguieron por el único hecho de ser musulmán. Pero es de señalar que, en la Luna, un cráter fue bautizado con el nombre de Azarquiel, un cráter cuya etimología radica en los ojos azules de un niño de Toledo que miraba las estrellas.

Aclaraciones

[1] Obviamente, la referencia de Azarquiel como español se debe a motivos geográficos y no políticos, ya que España aún no existía como nación. Del mismo modo se considera que Johanes Kepler era alemán, a pesar de que Alemania fue unificada realmente en 1871, mucho después de su muerte.

[2] Un cadí era un juez gobernante de algunos territorios musulmanes. En este caso, el cadí de Toledo era Abu-l-Qaim ibn Said, llamado también Said al-Andalusi.

Referencias

“AZARQUIEL Y OTRAS HISTORIAS. LA ASTRONOMÍA EN AL-ANDALUS.”

Antonio Claret. Instituto de Astrofísica de Andalucía, CSIC.

(El autor facilita una copia gratuita del libro, en versión electrónica, a todo aquel que lo solicite por Email a claret@iaa.es)

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