UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

El hombre que no estuvo ahí: de candidato al Nobel a chófer de furgonetas


Texto original de Beryl Lieff Benderly: enlace aquí

Traducido y adaptado por Fernando Cervera para ULÛM

El 16 de octubre de 1987, justo antes del amanecer, el teléfono sonó en Califòrnia, en el dormitorio de Donald Cram, propietario de un negocio de limpieza de alfombras. Con voz aguda, un desconocido felicitó al soñoliento Cram por haber ganado el Premio Nobel. Pensando que era un amigo suyo altamente conocido por sus bromas, Cram colgó. Pero el hombre de acento extraño llamó de nuevo e insistió en que el trabajo de Cram en estructuras moleculares había ganado, de hecho, el máximo reconocimiento en el mundo de la ciencia. Fue entonces cuando el ex químico se dio cuenta de que su frustrado interlocutor quería hablar con el otro Donal Cram de Los Ángeles, que enseñaba en la Universidad de California.

Pero esta columna no trata sobre el limpiador de alfombras y ex químico que creyó ganar el Premio Nobel, sino del conductor de furgonetas que no lo hizo. El Premio Nobel de Química de 2008 fue otorgado a Osamu Shimomura, profesor emérito del Laboratorio Biológico de Woods Hole Marina (MBL) y de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston; a Martin Chalfie, catedrático William R. Kenan Jr. de ciencias biológicas y presidente del departamento en la Universidad de Columbia; y Roger Tsien, profesor de química y bioquímica en la UC de San Diego, por “el descubrimiento y desarrollo de la proteína verde fluorescente GFP”, según la declaración de la academia sueca. La GFP se ha utilizado como una herramienta de etiquetado intracelular, y actualmente es una herramienta vital para la bioquímica, la cual permite a los científicos ver los procesos involucrados en el cáncer, el desarrollo neuronal y muchas más cosas.

Pero un cuarto hombre, Douglas Prasher, jugó lo que Tsien ha llamado “un papel muy importante” en la historia del descubrimiento y uso de la GFP, haciendo posible que Chalfie y Tsien hicieran su trabajo. “Ellos podrían haberle dado fácilmente el premio a Douglas y a los otros dos, y haberme dejado a mí fuera”, dijo Chalfie en varios comunicados de prensa. Pero no se lo dieron a Prasher, y para cualquiera que esté interesado en entender el mercado laboral científico, la historia de Prasher, la proteína y el premio, sirve, como si de un marcador fluorescente se tratara, para revelar algunas realidades a menudo oscurecidas por mitos e ideas equivocadas.

Homenajes brillantes

El Comité Nobel nunca escoge a más de tres ganadores para cualquier descubrimiento. Prasher, el bioquímico que clonó por primera vez el gen de la GFP, lo publicó en la revista Gene en 1992 y lo compartió libremente con Tsien y Chalfie cuando se lo pidieron; sin embargo, él no estaba en la lista cuando los laureados fueron anunciados. También se diferencia en otra cosa de los ganadores: no ocupa una prestigiosa cátedra académica.

En esos días, Prasher pasaba sus horas de trabajo en un tipo diferente de asiento: detrás del volante de una furgoneta con Bill Penney Toyota escrito a un lado y con letras grandes. Realizaba ese trabajo por 8.50$ la hora y para el concesionario de automóviles de Huntsville, Alabama, después de un año en el paro tras la pérdida de una posición de investigación en un proyecto de ciencias biológicas financiado por la (NASA). Con dos hijos en la universidad, los pagos de 750$ al mes y el pago para el seguro de salud de su familia, y cansado de ver posiciones científicas inalcanzables, Prasher aceptó el primer trabajo que pudo encontrar mientras continuaba buscando un puesto de investigación, dijo a Science Careers por teléfono. Su voz se desvaneció cuando dijo: “Nuestras deudas son demasiadas…”

Un científico cercano al Nobel y que transporta a los clientes de un concesionario de automóviles es, por supuesto, el tipo de anomalía que les encanta a los periodistas, y rápidamente se convirtió en un tema de interés acerca de una injusticia indescriptible e insondable. Un tema secundario de la noticia es el asombroso desperdicio de talento en la situación actual de Prasher. Algunos medios lo apodaron como el genio detrás de la rueda.

Modesto, de buen humor y práctico, Prasher rechaza las afirmaciones de genio. Sin embargo, cuando clonó la GFP, cuando casi nadie sabía que existía, previó su potencial como marcador intracelular y sabía que si se desarrollara adecuadamente con ese propósito, sería simplemente fenomenal. Todo sería pan comido. Ese potencial, de hecho, fue el motivo por el cual lo envió a Chalfie y Tsien en un momento en el que creía que pronto estaría dejando el campo de la bioluminiscencia. Con un doctorado y un postdoctorado en bioquímica y genética en la Universidad de Georgia, era entonces profesor asistente en la Institución Oceanográfica de Woods Hole (WHOI). La financiación de su pequeño laboratorio se había agotado y él temía —con razón, pues resultó ser cierto— que no sería renovado. Él iba, dice, “a trabajar para el gobierno en algo totalmente diferente. Así que me alejé de la GFP”. Pero antes de hacerlo, se lo entregó a las personas que podrían avanzar su trabajo hacia lo que sabía que podría llegar a ser.

A Prasher no le molesta lo del Nobel. “Ambos siempre me han dado crédito”, dice, incluso durante las ceremonias del Nobel en Estocolmo, a las que asistió como invitado de los ganadores. “Siempre me he sentido orgulloso de lo que les proporcioné … No puedo imaginarme que el Comité Nobel me considere seriamente, porque simplemente abandoné la ciencia”. Los ganadores, cree él, “tenían carreras distinguidas, … han hecho esta gran contribución, y … siguen teniendo carreras distinguidas”.

Pero esta no es la historia de un hombre que salió del escenario en el peor momento, porque de hecho Prasher nunca abandonó la ciencia. En cambio, pasó los siguientes 14 años haciendo investigaciones desafiantes y útiles. Lo que dejó de lado —o, más exactamente, fue arrancado por un comité que no preveyó las posibilidades de su trabajo— fue una ciencia académica de alto nivel. Y eso no fue una aberración, sino un acontecimiento perfectamente normal —de hecho, un acontecimiento común y ordinario— en un mercado laboral construido sobre lo que los economistas llaman un “modelo de torneo”.

Ganadores y perdedores

Los economistas han identificado muchas maneras de organizar el trabajo, y una de ellas es lo que se conoce como un modelo de torneos, que “ofrece a los participantes la oportunidad de ganar un gran premio —una carrera de investigación independiente, permanencia, una silla con nombre, renombre científico, premios— a través de la competencia”, escribió Richard Freeman y otros coautores. El modelo de torneos amplifica “pequeñas diferencias en productividad en grandes diferencias en reconocimiento y recompensa”, continúa Freeman. La ciencia académica es solo uno de esos mercados; otros ejemplos familiares incluyen la música rock, los deportes profesionales y la política nacional. Alguien que no recibe el Nobel puede haber publicado resultados similares tres días después del ganador. Un actor que pierde estrechamente un papel de película bien podría haber dado un mejor rendimiento que el ganador del Oscar. Sin embargo, la mayoría de los mercados laborales no son concursos de eliminación de ganadores, así que nunca conoceremos los nombres de los mejores odontólogos, profesores o electricistas del mundo.

Además de acumular inmensos galardones en un pequeño número de campeones, los mercados de torneos comparten otra característica. Descartan constantemente grandes cantidades de talento, entrenamiento y habilidad de muy alta calidad. Todos los aspirantes a quarterbacks que no compiten en la liga nacional, todos los jóvenes científicos que han estado muy cerca de la permanencia, pero que finalmente se echan a un lado. Prasher difiere de un número desconocido —pero indudablemente muy grande— de otros investigadores con talento que se quedaron por el camino, no en que sea necesariamente mucho más brillante (o mucho menos brillante que los tres ganadores de la GFP) sino en el giro del destino que llevó su situación a la vista del público. En la versión mítica, la ciencia recompensa el esfuerzo y la capacidad, de modo que la situación de Prasher debe ser un error inexplicable. En el mundo real, despedir a un gran número de personas extremadamente capaces no es una anomalía, sino simplemente cómo funciona un modelo de torneos.

En ese fatídico verano de 1992, Prasher pasó de la Institución Oceanográfica de Woods Hole al laboratorio del Servicio de Inspección Sanitaria Animal y Vegetal (APHIS) del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, en Cape Cod, Massachusetts, donde trabajó en la identificación de plagas usando metodologías moleculares y bioquímicas. Después de 9 años, APHIS lo transfirió a su laboratorio en Beltsville, Maryland. Varios años más tarde, se unió a la NASA en Huntsville, desarrollando “dispositivos portátiles para realizar diagnósticos durante el vuelo espacial a largo plazo, … una de las cosas más fascinantes en las que he trabajado”, dijo Prasher. Debido a que “nuestro proyecto no tenía nada que ver con lanzar un nuevo cohete”, él y otros trabajadores de ciencias de la vida perdieron sus fondos. En 2006, Prasher aterrizó de lleno en un mercado laboral completamente inundado.

Actualmente está explorando opciones para volver a la investigación y está abierto a otras ofertas. Sus extensos logros, sin embargo, no le han protegido de los prejuicios de otros científicos. Después de una “gran entrevista” con un potencial empleador que “conocía mi historia científica”, recuerda, “pensé que tenía el trabajo porque me dijo: ‘Todo lo que tengo que hacer es arreglarlo todo con la administración’. Pero al salir, me acompañó hasta la puerta y me preguntó: “¿Qué has estado haciendo últimamente?” Y yo se lo dije, pero me miró de forma extraña y creo que entonces decidió que eso era todo”.

Sabiendo que se necesita un tiempo para encontrar un lugar donde encajar, Prasher sigue siendo optimista. “Creo que es una vergüenza que Doug no haya podido encontrar un lugar en condiciones donde usar sus talentos para hacer ciencia”, dijo Tsien. Es una forma muy eufemística de decirlo, pero esa realidad no es sólo aplicable a Prasher, sino también a otros muchos ex investigadores forzosos de los cuales nunca sabremos sus nombres.

Texto corregido: 17 de febrero del 2009

Nota del editor de ULÛM: Douglas Prasher finalmente pudo encontrar un trabajo como científico en junio del año 2010

 

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