UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Editorial: El espíritu del saber


Texto escrito por Fernando Cervera

Bencio —me dijo luego Guillermo— es víctima de una gran lujuria, que no es la de Berengario ni la del cillerero, sino la de muchos estudiosos, la lujuria del saber. Del saber por si mismo. Se encontraba excluido de una parte de ese saber, y deseaba apoderarse de ella. Ahora lo ha hecho. Malaquías sabía con quién trataba, y se valió del recurso más idóneo para recuperar el libro y sellar los labios de Bencio. Me preguntarás de qué sirve dominar toda esa reserva de saber si se acata la regla que impide ponerlo a disposición de todos los demás. Pero por eso he hablado de lujuria. No era lujuria la sed de conocimiento que sentía Roger Bacon, pues quería utilizar la ciencia para hacer más feliz al pueblo de Dios y, por tanto, no buscaba el saber por el saber. En cambio, la curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto, un medio como cualquiera de los otros de que dispone un monje para transformar y calmar los deseos de su carne, o el ardor que lleva a otros a convertirse en guerreros de la fe, o de la herejía. No solo es lujuria la de la carne. También lo es la de Bernardo Gui: perversa lujuria de justicia, que se identifica con la lujuria del poder. Es lujuria de riqueza la de nuestro santo y ya no romano pontífice. Era lujuria de testimonio, de transformación, de penitencia y de muerte la del cillerero en su juventud. Y es lujuria de libros la de Bencio. Como todas las lujurias, como la de Onán, que derramaba su semen en la tierra, es lujuria estéril, y nada tiene que ver con el amor, ni siquiera con el amor carnal…

Extracto de El nombre de la rosa, de Umberto Eco

Paseando por las calles de Bonn uno puede darse cuenta de muchas cosas, por ejemplo ver a multitud de personas en sus ajetreadas vidas pero hablando alemán de manera tranquila, gente atravesando en sus bicicletas calles estrechas rodeadas de plantas o, lo que a mí me llamó más la atención, armarios repletos de libros en mitad de la calle.

La primera vez que vi aquellos armatostes de metal con puertas de cristal pensé que se trataba de una forma de arte urbano: un elemento discordante en la ciudad para llamar la atención. Iba acompañado en ese momento y expresé mi sorpresa ante aquella cosa plantada en mitad de la calle, hasta que ella me dijo que no era una escultura. Allí mismo abrió la puerta de cristal, sacó un libro y lo puso en mis manos. Era Der Steppenwolf, conocido en español como El lobo estepario y escrito por Hermann Hesse. Me explicó que la gente acude a esos armarios distribuidos por toda la ciudad a depositar libros o a llevárselos, pudiendo devolverlos o no al final de haberlos leído. Me llamo la atención que no cabía ni un solo libro más en las estanterías, y mi mente aún no acostumbrada a las maneras de pensar de nuestros vecinos del Norte de Europa intentó extrapolar la situación a mi ciudad natal. Pensé en aquel entonces que si en Torrent hubieran hecho algo parecido las estanterías estarían vacías, ya que todo el mundo se llevaría libros y nadie dejaría nada, pero entonces pensé que tal vez estaba equivocado y que toda sociedad merece una oportunidad para demostrar que es mejor de lo que aparenta: muchas veces nosotros mismos somos nuestro peor juez.

Mis reflexiones de aquel día no fueron mucho más allá: supongo que a veces una idea espera al contexto adecuado para desarrollarse de manera completa. La cuestión es que hace una semana regresé de nuevo a Bonn e iba caminando por la calle. Tenía que ir a un laboratorio y estaba pensando en el rumbo que ha tomado mi vida en el último año, pero al mismo tiempo también reflexionaba sobre los claros y oscuros de la palabra ciencia. Me paré en un banco y abrí la mochila: estaba volviendo a leer justamente El nombre de la Rosa y aquella tarde llegué a la escena que he puesto al comienzo de este texto, donde Guillermo de Baskerville reflexiona sobre los diferentes tipos de lujuria y, en particular, de la lujuria por el saber. Bencio es un personaje cautivador que parece luchar por su derecho a conocer la verdad, pero en este momento del libro por motivos que tendrá que descubrir el lector por sí mismo leyendo la genial historia escrita por Umberto Eco se reflexiona sobre el hecho de que, en realidad, la curiosidad del joven se basa en la posesión y no en la divulgación libre, tal cual podemos observar cuando Guillermo dice que no era lujuria la sed de conocimiento que sentía Roger Bacon, pues quería utilizar la ciencia para hacer más feliz al pueblo de Dios y, por tanto, no buscaba el saber por el saber. 

Allí, en ese banco y leyendo El nombre de la rosa, todos los puntos se conectaron en lo que me pareció un acto de serendipia. Levanté la vista y vi a un par de personas ojeando una de las estanterías con libros gratuitos de los cuales os he hablado antes, y aprecié en aquel acto colectivo el auténtico espíritu del saber que debería tener la ciencia. Pensé en grandes revistas como Nature o Science que, en muchos casos, impiden con barreras económicas el acceso a contenidos que han sido pagados con dinero público y además basan sus decisiones en palabras como prestigio, orgullo, impacto o cantidad (aún cuando también tienen otros criterios más nobles y basados en la calidad). Fui consciente de toda esa lujuria que rodea a la ciencia actual y al mismo tiempo pensé en toda esa gente en Bonn, compartiendo el conocimiento y regalando pedazos de humanidad a todos los individuos, eliminando en el proceso barreras económicas que lastran el acceso a la cultura, ¡ese es el auténtico espíritu del saber! Me acerqué hasta allí sin esperar encontrar nada que yo pudiera leer (al fin y al cabo no hablo alemán y hay barreras infranqueables) pero para mi sorpresa encontré un libro que llevaba algunos años buscando en Versión Original y que aún no había encontrado, The voyage of the Beagle, de Charles Darwin. Alguien había dejado allí un texto en inglés, rompiendo incluso esa barrera para la trasmisión del conocimiento. En su narración, el naturalista nos relata, desde un punto de vista más humano, antropológico y personal, cómo fue su viaje a través del mundo con el Beagle:

Travelling ought also to teach him distrust; but at the same time he will discover how many truly kind-hearted people there are, with whom he never before had, or ever again will have any further communication, who yet are ready to offer him the most disinterested assistance.

Viajar también debería enseñarle la desconfianza; pero al mismo tiempo descubrirá cuántas personas hay realmente con buen corazón, con quien nunca antes había, o nunca más tendrá ninguna otra comunicación, y que están deseosos de ofrecerle la ayuda más desinteresada.

Fragmento de The voyage of the Beagle, de Charles Darwin

Después de estos sucesos reflexioné sobre lo que hacemos en ULÛM, ya que al fin y al cabo también nosotros regalamos esos pedazos de saber durante el apasionante viaje a través del conocimiento, y entonces me sentí orgulloso de lo que los administradores y colaboradores de este lugar hemos conseguido en menos de un año. Pensé en todos los proyectos que tenemos en mente, que implican la publicación de un libro, un podcast, eventos en vivo y en directo y aumentar en calidad y presencia, pensé en toda la gente que nos ha leído y en todas las horas dedicadas, sin esperar beneficio alguno, a la noble tarea de la trasmisión del saber.

Por eso, ahora que nos vamos por vacaciones para volver con más fuerza y más proyectos, he querido compartir desde Alemania todos estos pensamientos, que poco ordenados y tal vez carentes de una estructura clara, intentan explicar por qué estamos aquí: para transmitir conocimiento rompiendo todas las barreras posibles.

Volveremos en septiembre, así que hasta entonces continuad leyendo, viviendo y amando, viajando y rompiendo límites, conociendo gente y dejándoos llevar por el auténtico espíritu del saber. Cuando al final del día os encontréis cansados y con los miembros aturdidos, cuando no sepáis si merece la pena vuestro esfuerzo por transmitir ese conocimiento o por llenar vuestro corazón de verdades fundamentales, os invito a recordar algún momento en el cual hayáis aprendido o enseñado algo, y que hayáis visto en vuestro interior o en el del otro esa sensación de comprensión, porque como decía Henry David Thoreau, antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad.

2 comentarios
  1. julián rodríguez

    August 18, 2015 en 11:21

    Fernando, qué buen artículo. Felicidades. Me ha gustado también descubrir la palabra “serendipia” ( encontrar algo de “chiripa”)

    Un abrazo, y adelante, Fernando

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  2. Ximo Sánchez

    September 13, 2015 en 11:18

    Me ha gustado mucho. ¡Un saludo y seguid así!

    Responder

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