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Dust Bowl: de Interstellar a las llanuras norteamericanas


 

Tormenta de arena durante el Dust Bowl en Texas (1935)

Texto escrito por Fernando Cervera

La primera vez que vi la película Interstellar (2014, Christopher Nolan) quedé sorprendido por muchas cosas, pero si algo me impactó fueron las actuaciones geniales que contiene (Michael Cain sobresaliente, y unos Matthew McConaughey, Anne Hathaway y Jessica Chastain en algunos de los mejores papeles de su vida). No obstante, las interpretaciones que más me llamaron la atención (al menos de manera anecdótica) fueron la de los secundarios que, a modo de documental, narran cómo fue su vida durante el supuesto cataclismo ambiental, ya que en escasos segundos llegan a transmitir lejanía, dolor y realidad. De hecho, me sorprendieron tanto que decidí buscar a esos actores para poder seguir su trayectoria interpretativa, y fue así como llegó mi sorpresa: no eran actores interpretando un papel.

El documental Surviving the Dust Bowl detalla cómo sobrevivieron diversas familias a uno de los peores desastres medioambientales de los EEUU, conocido como Dust Bowl y que obligó a abandonar sus granjas a millones de agricultores. Si habéis visto Interstellar os sonará la situación que describo, y fue durante el proceso de preparación de la película cuando Chistopher Nolan llegó hasta el documental. Al ver el testimonio de algunos ancianos que narraban cómo fue su infancia, el director de Interstellar llamó a los creadores de Surviving the Dust Bowl (Ken Burns y Dayton Duncan). Nolan les dijo lo mucho que le habían conmovido las entrevistas y que quería incorporarlas a la película que estaba haciendo. Aceptaron con dos condiciones: la primera que Paramount pidiera permiso a los supervivientes del desastre, la segunda que Duncan y Burns pudieran leer el guión de Interstellar. Todas las entrevistas de la película están sacadas de ese documental, excepto la de Murphy Cooper, que es interpretada en esas escenas por la actriz Ellen Burstyn.

Pero, ¿qué fue el Dust Bowl? En 1930 la sequía azotó las praderas situadas entre el Golfo de México y Canadá —vamos, que no era poca cosa—. La sequía duró hasta 1939 y, resumiéndolo mucho, el efecto Dust bowl vino dado por la interminable sequía combinada con prácticas agresivas de cultivo que no tenían en cuenta la conservación del suelo, el cual perdió su cohesión y fue arrastrado por el viento en grandes nubes de arena que llegaban a esconder el sol durante periodos prolongados de tiempo. Si a todo esto le sumamos que EEUU estaba en plena Gran Depresión, os podréis imaginar la magnitud del desastre económico que acompañó al ecológico.

Pero, ¿cómo se explica todo esto? Los periodos largos de sequía son altamente frecuentes en latitudes medias, y son modulados por las oscilaciones de los parámetros meteorológicos del Pacífico, el cual tiene dos fases principales: el calentamiento y las lluvias conocidas como el fenómeno de El Niño, y el periodo de enfriamiento llamado La Niña. Estos cambios se relacionan directamente con otro fenómeno menos conocido, la Oscilación del Sur, que consiste en una variación periódica de la presión atmosférica en el Pacífico Occidental. Estos tres fenómenos, su interacción y su desajuste, son capaces de producir grandes cambios climatológicos extremos.

En Norteamérica, los fenómenos descritos anteriormente suelen producir fuertes sequías en el sur, sobre todo cuando las temperaturas superficiales en el Pacífico Tropical Oriental son más bajas de lo normal, principalmente por culpa de La Niña. Esa sequía puede agravarse cuando, además, en el Atlántico Norte se dan temperaturas superficiales más cálidas de lo normal, y eso fue justamente lo que ocurrió durante el Dust Bowl: una combinación de ambas situaciones. Pero ojo, una sequía muy larga no produce tormentas de arena de magnitud apocalíptica, ¿qué ocurrió además de todo esto? Ahí es donde tenemos el factor humano.

En 1862, el Congreso de los EEUU aprobó la Ley Homestead, la cual podríamos simplificar de la siguiente manera: para fomentar que las grandes llanuras fueran pobladas, el gobierno ofreció tierras gratuitas a todos aquellos que fueran a vivir allí como mínimo cinco años, construyeran una casa propia y además establecieran explotaciones agrícolas. Se pretendía de este modo incentivar la producción en el campo y redistribuir a la gente en zonas poco pobladas. Os podréis imaginar la gran cantidad de personas que acudieron a la llamada. Los adelantos técnicos en la agricultura permitieron cultivar zonas que antaño se consideraron poco productivas, y fue así como comenzó la gran aventura agrícola para millones de familias. En poco tiempo, la vegetación autóctona fue dando paso a grandes monocultivos, y las comunidades vegetales de gramíneas resistentes a la sequía desaparecieron. Todo esto nos lleva a 1930, cuando la ausencia de lluvias que inició todo esto no se centró en el sur como era habitual, sino que también alcanzó las áreas centrales y septentrionales de las grandes llanuras norteamericanas. Como hemos comentado, las gramíneas silvestres resistentes a la sequía fueron sustituidas por cultivos de trigo que, cuando fueron destruidos por las primeras sequías, dejaron al suelo sin un sustrato vegetal que aguantara la humedad y mantuviera la integridad, y esto a su vez dio origen a las primeras tormentas de arena. La calidad del sueño cada vez era peor, por lo que se podía cultivar menos y esto hacía, a su vez, que el suelo se debilitara y las tormentas de arena fueran más frecuentes, haciendo que fuera imposible cultivar de nuevo: es decir, un ciclo que se retroalimentaba a sí mismo.

Algunos estudios medioambientales han indicado que las anomalías producidas en este desastre pudieron deberse a la utilización de grandes extensiones de monocultivos, a prácticas agrícolas poco respetuosas con el suelo y a la sustitución de la vegetación nativa por cultivos de trigo que perecieron durante las primeras sequías intensas. Así que todo ello más una gran sequía, fueron las causas de que las ventiscas de arena y la hambruna dejaran testimonios tan amargos como los que podemos ver en el documental.

Si algo podemos aprender de toda esta historia es que la desertificación es un fenómeno muy complejo capaz no solamente de dañar al medio ambiente, sino también a las personas y a la economía. Según datos de las Naciones Unidas, el 35% de la superficie continental pertenece a zonas desérticas. La especie humana, tirando piedras contra su propio tejado, ayuda a que ese porcentaje siga creciendo dejando a su paso testimonios desgarradores, destrucción medioambiental, miseria colectiva y muerte.

Mientras que gran parte de la población mundial no se preocupa de estas cuestiones, dentro de las partes áridas de nuestro planeta viven como pueden millones de personas. Lo más preocupante es que a este paso, si no aprendemos la lección de eventos como el Dust Bowl, no podemos saber a qué lado de la frontera viviremos dentro de pocos años.

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