UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

De ladrones de huevos, una falsa culpable y una leyenda budista


Texto escrito por Ramón Carrero 

Un equipo de paleontólogos del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York desenterró este esqueleto de dinosaurio rodeado de huevos en las colinas llameantes de Djadochta, Mongolia, en 1995. Pensaron que pertenecía al género Oviraptor, un dinosaurio de aspecto de lo más excéntrico. No era, en principio, una especie nueva para la ciencia. Este terópodo había sido descrito a partir de los restos hallados en los años 20 por una expedición también estadounidense al desierto de Gobi liderada por Roy Chapman Andrews, el aventurero en quien está basado el personaje de Indiana Jones. Quizá sus peripecias, que combinaron los primeros jeeps con largas caravanas de camellos bactrianos protegidas de los bandidos por jinetes de la estepa, merezcan un artículo propio, pero no ahora.

Los excavadores de Chapman Andrews encontraron un esqueleto muy parecido a este: un dinosaurio depredador encima de un nido de huevos de dinosaurio que atribuyeron a Protoceratops, un pariente sin cuernos y mucho más pequeño del mediático Triceratops. De Protoceratops se tuvo noticia por primera vez en esta misma expedición, aunque este dinosaurio «herbívoro» (la hierba no evolucionó hasta que se extinguieron los dinosaurios) sea extremadamente común en las rocas cretácicas de Asia Central. Tanto, que hay quien piensa que una interpretación acientífica de sus restos dieron origen al mito del grifo, que pasó a los griegos a través de sus contactos con los escitas.

Sea como fuere, el hallazgo más importante de esa campaña paleontológica fue precisamente averiguar que los dinosaurios ponían huevos, un hecho que hasta entonces era solo una especulación. Se proponìan descubrir los orígenes de la especie humana, pero esto estaba muy bien también.

Al esqueleto de Oviraptor que encabeza este artículo, como puede se puede ver, le falta el cráneo, pero desde que se describió el género en 1924 se sabía que Oviraptor tenía una cabeza corta, ancha e hiperespecializada, con un robustísimo pico. Los paleontólogos de entonces pensaron que este pico era singularmente bueno para romper cáscaras de huevo y llamaron a la criatura Oviraptor, ladrón de huevos. En un primer momento los paleontólogos americanos que volvieron al Gobi en los 90, (no habían tenido oportunidad de hacerlo, como es obvio, durante los 70 años en que Mongolia estuvo en la órbita de la Unión Soviética) interpretaron que el esqueleto pertenecía a un individuo de esa especie, que murió cuando estaba asaltando un nido de Protoceratops. En los libros de divulgación de los años 80 y primeros 90 (además de este sello de Azerbayán por el que siento una especial debilidad), Oviraptor aparece comiendo huevos de dinosaurio con la gula del monstruo de las galletas.

Pero cuando los científicos estudiaron el bloque de roca en el laboratorio, se llevaron una auténtica sorpresa.Los embriones se habían fosilizado dentro de la cáscara y pudieron saber que los huevos alargados que había debajo de su esqueleto pertenecieron a la misma especie, Oviraptor, y no a Protoceratops, como antes se pensaba. La interpretación correcta de ambos fósiles (el de los años 20, y el que acababan de encontrar) era sobrecogedora: una madre que estaba empollando sus huevos quedó sepultada por una tormenta de arena en el desierto—Mongolia en el Cretácico superior era muy parecida a como es hoy. La postura de sus brazos sugería que estaba intentando protegerlos de la arena. Había muerto enterrada viva porque refugiarse de la tormenta habría supuesto abandonar el nido. Parece que no era una heroicidad, sino parte de su etología: después han aparecido más «mamás» Oviraptor enterradas así en el Gobi.

Los paleontólogos ahora creen que el singular pico de estos animales les servía para alimentarse de nueces y bayas, además de pequeños mamíferos y reptiles. No comían huevos, pero la ICZN no es demasiado sensible a la justicia, y el nombre de Oviraptor no se podía cambiar. Aunque los paleontólogos aún podían jugar la carta de la poesía.

Mark Norrell, del Museo de Historia Natural de Nueva York, aduciendo ciertas diferencias mínimas propuso con éxito en 2001 que el esqueleto que encabeza el artículo pertenecía a un género ligeramente distinto a Oviraptor, al que llamó Citipati.

Según una leyenda del budismo tibetano (la corriente que se practica en Mongolia), el citipati es una criatura espectral formada por los esqueletos de un hombre y una mujer que guarda los cementerios de los saqueadores de tumbas. En vida fueron dos ascetas tan concentrados en su meditación, que un ladrón les cortó las cabezas y las enterró en el polvo. Declararon odio eterno a los ladrones y desde entonces los persiguen allá a donde van.

Poniéndole Citipati al fósil, los paleontólogos estadounidenses no solo subsanaban el «error judicial», sino que ponían un nombre muy apropiado al bicho: era un esqueleto sin cabeza encontrado en el polvo de Mongolia. Y además, se reconocían ellos mismos como ladrones de tumbas, que perturbaban la paz de un cementerio de hace unos 80 millones de años. Y en vez de utilizar el latín o el griego, los idiomas que se usan siempre para nombrar nuevas especies, usaron el sánscrito, la lingua franca del budismo en Asia. Los científicos rusos, durante la época de dominación soviética, nunca lo habían usado para nombrar nuevas especies, y además, el régimen totalitario pro-ruso había perseguido a los budistas mongoles.

De «ladrón de huevos» en latín a «enemigo de los ladrones» en sánscrito. Fue una forma muy elegante de hacer justicia con la paleontología y con la historia reciente de Mongolia.

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