UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Cómo enfriar una Coca Cola en el siglo XVI


Texto escrito por Dani Martínez

Imaginemos que estamos en nuestra bonita casa del campo, en pleno siglo XVI, y de pronto nos entra una fiebre de caballo, de esas en las que parece que tu garganta parece el desierto del Gobi, y que tu cabeza es capaz de sentir hasta los ultrasonidos de los murciélagos. ¿Cómo vas a curarte? Al paracetamol y al ibuprofeno de farmacia les quedaban aún unos siglos por fabricarse industrialmente, y tener fiebre en esta época es una jugarreta que puede costarte la vida. Uno de los remedios que se puede intentar es bajar la fiebre con frío. Pero ah, amigo mío, estás en el litoral Valenciano, en pleno verano y con un solazo de justicia asomando por tu ventana, ¿cómo demonios vas a bajar esa fiebre? ¿va a venir alguien a soplarte en la frente durante horas? No parece una solución muy útil.

Aquí es donde entran en juego la creación de los neveros artificiales. Y no, no me he equivocado de género al escribir la palabra. También se han llamado pozos de nieve, que quizás os arrojen un poco más de luz sobre qué leches puede ser esta cosa. Estos pozos tenían la finalidad de almacenar nieve prensada durante los meses invernales (y a veces primaverales también), para después tener una reserva de hielo en los meses de verano, útil sobre todo en aquellas zonas donde el calor y la humedad eran la tónica dominante de estos meses. Y qué os voy a contar sobre todo a los que viváis en el sur o el este de España.

Hay un buen número de neveros en todo el país, y suelen compartir ciertas características entre ellos. Por ejemplo, solían construirse en zonas más o menos altas respecto al nivel del mar, para facilitar la recolección de la nieve. El suelo de éstos, además, debía ser permeable o, al menos, tener un canal por donde el agua líquida fluyese hacia fuera con tal de mantener lo demás congelado. Los jornaleros que trabajaban en esta dura tarea (no había chaquetas North Face por ese entonces) se llamaban también neveros, y se encargaban de transportar la nieve hasta estos lugares, y prensarla mediante pisadas después. Más tarde les añadían hojas, ramas y tierra por encima para que se preservase el frío y no se derritiese todo su trabajo del día. A la hora de transportar el hielo a su destino final, los jornaleros lo cortaban y lo transportaban mediante animales de carga. Los trozos de hielo se envolvían en paja y materiales similares, y se transportaba de noche, obviamente.

Como veis, para que se pudiera usar hielo en verano, tenía que haber una infraestructura ciertamente compleja de recolección, almacenamiento y transporte, y por ello en muchas ocasiones se ha correlacionado la presencia de este “servicio” con lo desarrollada que era una zona. Claro está, el hielo no era para uso cotidiano ni de la gente de a pie, sino más bien cosas de señoritos y gente que pudiera pagar el alto coste que tenía. El hielo en sí, además de bajar la fiebre de nuestro protagonista, también servía para otros usos terapéuticos como detener hemorragias o como anti-inflamatorio tras traumatismos. Además para la conservación de alimentos, claro está.

Todo esto viene porque justo al lado de mi pueblo tenemos uno de estos pozos de nieve con un nivel de conservación muy alto, y se puede visitar libremente para echarle un vistazo a una formación tan curiosa como ésta. Aquí tenéis una pequeña muestra del pozo de nieve situado en Alpera, Castilla la Mancha.

Como la semana pasada, si queréis ver las imágenes en todo su esplendor, pinchad en ellas cual palillo en tortilla de patata y os llevará a la foto original subida a mi cuenta de flickr (que podéis ver y criticar de paso).

Pozo de nieve, puerta principal

Pozo de nieve, reja

dentro del pozo

Pozo de nieve

 

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