UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Ciencia y arte, ¿una misma cosa?


Texto escrito por Fernando Cervera

Cada paisaje en el mundo está lleno de adaptaciones exactas y hermosas, por las cuales un animal encaja en su entorno como una rueda dentada en otra. Pero la naturaleza —es decir, la evolución— no ha adaptado al ser humano a ningún medio específico. Por el contrario, tiene un kit de supervivencia bastante simple; y sin embargo —esa es la paradoja de la condición humana— tiene una que se ajusta a todos los ambientes. Su imaginación, su razón, su sutileza emocional y dureza, le permiten no aceptar el medio ambiente, sino cambiarlo. Y esa serie de invenciones, por las que el hombre de edad en edad ha cambiado su entorno, es un tipo diferente de evolución —no biológica, sino evolución cultural. Yo llamo a esa brillante secuencia de peldaños culturales "El ascenso del hombre".


Jacob Bronowski

El arte y la ciencia, como creaciones humanas, nos definen. Y más allá de entender a la ciencia como el resultado de la aplicación de un método, como la acumulación de conocimiento, o como la llave del progreso, yo me creo más la versión que explica la ciencia como el resultado de una actividad humana, llevada a cabo por un grupo de personas que utilizan unas normas organizadas por la comunidad científica, y que persiguen ampliar el conocimiento de forma continua y que están guiadas por motivaciones e intereses que a veces tienen componentes pasionales, pero otras veces económicos o sociales. Pero claro está, los humanos venimos cargados con un equipaje evolutivo que contiene cosas tan poco propicias para nuestra labor como los prejuicios, la territorialidad, la desconfianza o la tendencia a obedecer a la autoridad. Ahora bien, también hemos heredado de nuestros antepasados algunas herramientas tremendamente útiles como son nuestra curiosidad por el entorno, nuestra tendencia a explorar y nuestra imaginación para organizar el mundo bajo metáforas y símbolos. Y es que, como nos decía Jacob Bronowski en su magnífica serie La ascensión del hombre, el ser humano tiene algunas habilidades que le permiten moverse en todos los entornos, siendo la mejor de ellas nuestra tendencia a utilizar la imaginación para modificar el medio ambiente o a nosotros mismos.

Sobre el arte, muchas veces se le entiende también como el resultado de una actividad humana que tiene una finalidad estética y comunicativa, es decir, espera mostrar hechos, ideas o emociones, utilizando para ello recursos, ya sean el resultado de elementos plásticos, sonoros, usando nuestra habilidad verbal, o cualquier otra cosa que pueda concebir nuestra imaginación; al fin y al cabo estamos hablando de arte, ¿no es así? Ahora bien, al igual que la ciencia, también tiene motivaciones e intereses, y aunque es fácil idealizar el arte, más allá de sus elementos pasionales también es el resultado de una actividad humana que puede tener intereses más mundanos. No hay nada malo en ello.

El arte, al igual que la ciencia, ha tenido una fuerte relación con la religión, con la arquitectura, con el día a día, la forma de organizar la sociedad o el modo de entendernos a nosotros mismos. Y del mismo modo que cada vez integramos a la tecnología más en nuestro cuerpo (llegando al punto de estar cruzando la frontera de convertirnos, poco a poco, en cyborgs) el arte también está integrado en nuestra fisonomía, ya sea en forma de tatuajes, pendientes, modificaciones corporales, la ropa que llevamos o la música que escuchamos a través de nuestros dispositivos electrónicos. Y esa frontera fue la primera que cruzamos, ¿o no es así?

Una misma cosa

El arte y la ciencia son el resultado de una misma cosa; nuestra capacidad como especie de utilizar nuestra imaginación y nuestra habilidad mental. La imaginación nos llevó no solo a explorar otras formas de cazar, cargar cosas, construir viviendas o intentar predecir el futuro (la astronomía tiene mucho sentido en el mundo antiguo para intuir la llegada de las estaciones, por ejemplo), sino que nos hizo erguirnos frente a una cueva y dibujar, coger un palo con agujeros y tocar la flauta, o a danzar en la oscuridad bajo la bóveda celeste y en torno a un fuego protector. Y, ¿por qué fue la imaginación el responsable de todo eso? Porque del mismo modo que intentamos darle sentido al mundo y modificarlo desde un punto de vista pragmático con la ciencia y la tecnología, también intentamos darle ese sentido y modificarlo desde un punto de vista menos pragmático, ¿qué podría llevar sino a gente del mundo antiguo a erigir estructuras de piedra sin función alguna, o a esculpir estatuas con valor simbólico? Pero ambas pulsiones, la de explorar el mundo para interpretarlo y modificarlo, tienen un sentido evolutivo si lo enfocamos desde un punto de vista cultural: tanto el arte como la ciencia y la tecnología han estado al servicio de la comunidad que la creó, ya sea como parte de la religión, la organización social o para llevar a cabo las tareas cotidianas. Por eso, para mí, la palabra humano es indisoluble de la palabra ciencia o arte. Y con ello me refiero a que cualquier otra suerte de arte o ciencia llevada a cabo por una hipotética civilización no humana, sería totalmente diferente a cómo entendemos nosotros ambos conceptos. ¿Sería el conocimiento obtenido por ambas “ciencias” el mismo? Sí, pero el entorno simbólico que lo encerraría seria, con bastante seguridad, totalmente distinto e incluso imposible de comprender, pero es aquí donde entramos a valorar las diferencias.

Predicciones y belleza

La ciencia, más allá de intentar comprender el mundo, tiene algo que la hace totalmente diferente de cualquier otra actividad humana: tiene un valor predictivo. La religión también ha intentado tener un valor predictivo sin conseguirlo, y si bien es ciento que la ciencia no siempre consigue ese valor porque hay una gran parte de elementos descriptivos, creo que siempre hay una aspiración a esa predicción incluso en las ramas menos proclives a ello. Por ejemplo, si bien los sismólogos no pueden saber cuándo ocurrirá un terremoto, si que pueden predecir cómo se comportará un tipo de sustrato en función del tipo de ondas sísmicas que le lleguen. O bien un taxónomo botánico que se pasa la mayor parte de su tiempo describiendo plantas, también podrá fácilmente predecir las relaciones evolutivas entre diferentes plantas en función de sus características, y de hecho lo hacen a diario y sin recurrir a las modernas técnicas genéticas. Con ello quiero decir que la ciencia y el arte surgen del mismo punto, comparten elementos y tienen estrechas relaciones, aunque también tienen diferencias. El arte, por ejemplo, tiene como uno de sus objetivos primordiales emocionar, y eso lo hace también muy diferente. Ahora bien, nos hemos dejado en el tintero una cosa que hace mucho más similares todavía a estas dos actividades humanas: el concepto de belleza.

La ciencia y el arte no solo nacen de pulsiones similares, sino que ambas desembocan en una sensación de profunda admiración estética. Me explico. La belleza es un concepto abstracto que se puede estudiar desde muchos puntos de vista y que es aplicable a muchos aspectos diferentes. La filosofía, la historia, la ciencia, la psicología o la sociología intentan darle significado. Ahora bien, lo que el público general interpreta como belleza es esa sensación que nos produce placer a través de nuestra experiencia y la interpretación de la forma, el aspecto, el sabor, el sonido o el movimiento. La belleza también tiene relación con la sensación de equilibrio y armonía, aunque todo esto no deja de ser una interpretación personal de un concepto abstracto. Lo relevante, no obstante, es que si bien la ciencia no aspira a emocionar, y el arte no aspira a tener un valor predictivo, tanto el arte como la ciencia pueden tener ambos elementos. Me explico.

Si bien el arte no aspira a tener un valor predictivo sobre la realidad, sí que lo intenta tener sobre las emociones de las personas. El buen arte, según mi punto de vista, es aquel que logra que navegues por los sentimientos de su autor y predice de antemano cuál será la reacción del público. Del mismo modo, la ciencia no busca emocionar, pero la comprensión profunda de las cosas, es decir, de ver el “reloj” sin sus cubiertas metálicas y comprender los engranajes que mueven la realidad, produce un sentimiento de placer y conexión que para mí es indistinguible de la belleza. Y si bien se supone que solo hay una realidad y que no depende del ser humano, las formas de explicar esa realidad sí que son múltiples como consecuencia de la actividad humana. Una teoría de la relatividad —por supuesto con otro nombre— planteada por otra persona que no hubiese sido Albert Einstein, tendría otra estética, otras metáforas, otro relato detrás; muchas de sus fórmulas serían altamente parecidas e incluso idénticas, pero es posible que otras partes fueran totalmente diferentes, del mismo modo que hay centenares de formas diferentes de demostrar el Teorema de Pitágoras, y alguna de esas formas resultan más estéticas que otras, y finalmente producen sensaciones diferentes.

Como conclusión de este artículo, creo que el arte y la ciencia nacen de las mismas pulsiones que han llevado a la humanidad hasta nuestros días, y durante ese recorrido los mismos intereses han copado las formas de expresar e incentivar ambas actividades humanas. Y si bien la ciencia nos ha aportado un valor predictivo sobre la realidad y el arte una forma de crear emociones con esa realidad, las dos nos han otorgado la capacidad de modificar nuestro mundo con el conocimiento aplicado y las formas de expresión artísticas. Ambas aproximaciones forman parte de un aparataje casi indistinguible y que va guiando un barco que lleva a la humanidad hacia el futuro. El recorrido que hemos llevado hasta aquí nos sirve de aprendizaje, pero solo nuestra imaginación, en su forma de expresión científica y artística, tiene la última palabra.

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