UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Aprendiendo a leer libros quemados en bibliotecas olvidadas


Texto escrito por Fernando Cervera

Hay pocas imágenes que produzcan más desafección que la de una biblioteca ardiendo, ya que si algo ha cambiado a nuestra especie ha sido la capacidad de volcar más allá de su mente historias, opiniones, sentimientos, belleza y conocimiento. Nuestra civilización y cada una de las piedras levantadas en cada templo están ahí gracias al poder de la palabra escrita, gracias al conocimiento acumulativo que ha supuesto que, para bien o para mal, hayamos conquistado este planeta.

Es por eso por lo que ver cómo se consagra al fuego lo más preciado de nuestra cultura encoge el corazón. Si bien actualmente es casi imposible hacer desaparecer un libro tenemos que recordar que no siempre fue así: cuando la ciudad asiria de Nínive fue destruida completamente en el 612 a. C. ardió junto a la famosa biblioteca de Asurbanipal, en la cual se perdieron muchas versiones y partes de la Epopeya de Gilgamesh, que sin ir más lejos es la obra épica más antigua que conserva la humanidad. También la biblioteca del palacio del rey Darío I en Persépolis fue quemada, y aunque se salvaron los dos únicos manuscritos de Zaratustra, unos pocos años después arderían en la quema de otra de las grandes bibliotecas de la historia, la de Alejandría. La Biblioteca de Alejandría fue, posiblemente, el primer centro de investigación de la humanidad. Allí nuestra civilización acumuló todo el conocimiento de su época, pero el incendio que arrasó la ciudad durante el asedio de Julio César acabó con parte de la biblioteca. Años más tarde líderes fanáticos seguidores del obispo Teófilo lincharon y mataron a Hipatia, encumbrando la figura de San Cirilo de Alejandría (sobrino de Teófilo) como nuevo patriarca. Y aunque no está claro que los restos de la biblioteca ardieran justo en la época en la que Hipatia fue asesinada (incluso se baraja la posibilidad de que fuera destruida mucho tiempo después), la realidad es que entre medias alguien la quemó. Otro momento donde se perdieron innumerables obras fue la quema de libros de la biblioteca papal de Letrán, que tenía ejemplares únicos de diversos autores clásicos. Esos textos fueron ordenados quemar por Gregorio I, desapareciendo para siempre libros de Cicerón y Tito Livio. ¿El motivo?, que según el Papa los jóvenes preferían esas lecturas al Nuevo Testamento. También la biblioteca de Constantinopla fue quemada por los turcos en el año 1453 en nombre de la nueva religión, pero no hace falta irse tan lejos para ver bibliotecas arder: en el año 2003, durante la invasión de Irak, se quemó y saqueó la Biblioteca Nacional de Irak, perdiéndose originales y obras de valor incalculable.

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Representación imaginaria de Hipatia pintada por Charles William Mitchell (1885).

Recuperaré aquí un ejemplo de Carl Sagan para entender la magnitud de la pérdida: se sabe que Sófocles escribió más de cien obras y que todas estuvieron almacenadas en la biblioteca de Alejandría. Pues bien, de esas obras solo llegaron hasta nuestros días siete, entre las cuales Edipo Rey es considerada como una de las tragedias griegas más bellas jamás escritas. Multipliquemos ese sentimiento de pérdida por centenares de miles de libros que no llegaron hasta nuestro tiempo, y entonces podremos comprender la cantidad de conocimiento, belleza e historia que hemos dejado arder en el fuego.

Es por eso por lo que la siguiente noticia me hace tener fe en nuestra especie. La ciencia no solo nos sirve para comprender mejor el universo, salvar vidas gracias a la medicina moderna o matar millones de personas por culpa de las modernas guerras tecnológicas; la ciencia bien utilizada también sirve para engrandecer el corazón. LVilla de los Papiros fue una casa de la ciudad romana de Herculano, la cual estaba muy cerca del volcán Vesubio y perteneció al suegro de Julio CésarLucio Calpurnio Pisón Cesonino. Es posible que cuando he comentado que la villa estaba cerca de un volcán el lector haya adivinado que algo malo pasó: en el año 79 el Vesubio entró en erupción y cubrió la ciudad de Herculano con 30 metros de ceniza volcánica, es decir, fue el final de todos los herculanos (bibliotecas incluidas). Y es para hablar de bibliotecas por lo que hemos venido hasta la casa del cuñado de Julio César, ya que allí había unos 1785 papiros carbonizados que ardieron en el fuego. No obstante, esos tozos de carbón han llegado hasta nuestros días, y gracias a la ciencia hemos aprendido a leerlos, es decir, ¡se ha logrado comenzar a leer libros que ardieron hace 2000 años! [1]

La revista Nature ha publicado el estudio de los investigadores del Istituto per la Microelettronica e Microsistemi, que ayudados por el Laboratorio Europeo de Radiación Sincrotrón han analizado un papiro llamado PHerc.Paris. 4. Estos papiros carbonizados son extremadamente frágiles y, como es de suponer después de una erupción volcánica, están altamente dañados. Lo que los investigadores explican en su artículo es que hasta hace poco tiempo los científicos eran incapaces de ver la tinta a base de carbono que tenían los papiros carbonizados, al fin y al cabo esa tinta no penetra en las fibras del papiro sino que se adhiere en la superficie. El problema es que los papiros también están carbonizados, entonces, ¿cómo distinguir las letras? Lo que estos investigadores han hecho es, utilizando la tomografía de contraste de fase de rayos X, revelar el relieve de apenas unas micras de diferencia que habían generado esas palabras al ser escritas. De este modo han logrado lo que parecía imposible: leer el interior del papiro sin desenrollarlo.

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Letras leídas en el papiro gracias a la tomografía de contraste de fase de rayos X

La sola idea de poder leer palabras que ardieron hace casi 2000 años es maravillosa, y es un ejemplo más de que el conocimiento bien utilizado puede llevarnos a realizar actos que parecen milagrosos. Es posible que la ciencia pueda traernos de vuelta algunos de esos libros que por ignorancia, superstición o territorialidad dejamos arder siglos atrás. ¿Quién sabe? Tal vez nuestra especie aún tenga una oportunidad de redención.

Referencias:

[1] Artículo científico

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