UNA VENTANA AL MUNDO DE LA PASIÓN CIENTÍFICA

Alexander Borodin, la química y la música


Texto escrito por Dani Martínez

Antes de nada poneos cómodos, cerrad la puerta para que no molesten, y enchufad los auriculares. Acto seguido, presionad el botón para que el vídeo que ahora mismo os pongo comience y seguid leyendo.

Los primeros acordes de Príncipe Ígor comienzan de una forma tranquila y sosegada. El oboe entra con el tema principal, a lo que le sigue la contestación del corno inglés. Después entran las cuerdas para reforzar el motivo principal planteado por los primeros solos. Miles de personas se han acercado a los inmensos jardines para disfrutar de la música, de sobrecogerse con ella. La música tiene esa capacidad, la de introducirse en nosotros sin pedir permiso y hacer que nuestras emociones salgan a la superficie de una forma casi inefable.

El creador de esta obra es Alexander Borodin, compositor ruso nacido hace 182 años la semana pasada. Borodin es conocido como uno de “Los Cinco”, grupo de compositores rusos que hicieron piña en el siglo XIX para potenciar la música nacida y crecida en su propio país en contraste a otros autores también rusos, más influenciados por las melodías y paradigmas musicales europeos. Entre estos cinco compositores, además de Borodin, encontramos a gente de renombre como Balákirev (que fue el maestro de composición de Borodin), Cui, Mussorgsky y Rimsky-Korsakov. La calidad musical de este grupo de personas era enorme, como así lo demuestra que sus obras se sigan representando hoy en día. Sin embargo, mientras que los cuatro últimos compositores eran personas dedicadas en cuerpo y alma a la música, hay algo que destaca de Borodin y que es el motivo de comenzar esta entrada: él se ganaba la vida como químico. Y hay que decirlo, como químico era también genial.

Alexander Borodin nació un frío Noviembre de 1833, hijo ilegítimo del príncipe georgiano Luká Stepánovitch Gedevanishvili, el cual registró al muchacho como hijo de uno de sus criados, Porfiri Borodin. Está claro que conservó el apellido. Pese a lo turbulento que puede sonar esto la verdad es que tuvo una infancia y juventud bastante tranquila y cómoda, ya que gracias a la influencia de su padre (el verdadero), y al cariño de su madre Evdokia Antonova, tuvo la posibilidad de estudiar. De hecho, podríamos decir que su madre fue fundamental en el hecho que siempre alentó al joven Alexander a estudiar tanto ciencias como música. Más adelante se graduó en la escuela de medicina de San Petersburgo, donde comenzó las prácticas de medicina. Azares de la historia, Borodin no siguió en la carrera de medicina y se dedicó a la investigación en química, nada menos que en el laboratorio de Emil Erlenmeyer en Heidelberg. Unos años más tarde volvió a la escuela de medicina de San Petersburgo para ocupar el puesto de profesor de química. Fue allí donde desarrolló la carrera investigadora que daría su mayor fruto: el descubrimiento de la reacción aldólica.

La reacción aldólica fue descubierta realmente de forma independiente tanto por Borodin como por Charles Adolphe Wurtz, químico francés. Esta reacción consiste en la formación de enlaces carbono – carbono, y sigue siendo de gran relevancia hoy en día en la química orgánica. La reacción básica consiste en la adición nucleofílica de una cetona a un aldehído para formar un aldol (mezcla entre aldehído y alcohol). La adición nucleofílica consiste en la formación de dos enlaces covalentes entre dos carbonos gracias a la presencia de un nucleófilo, especie química que cede electrones a otra especie química llamada electófilo. Lo importante de esta reacción, aparte de formar parte de la base de conocimiento sobre química orgánica, es que da compuestos que podemos encontrar también en la naturaleza. Como unidad estructural, la podemos encontrar por ejemplo en las tetraciclinas, una clase de antibiótico de amplio espectro que producen las bacterias del género Actinomyces. También, la reacción aldólica se encuentra en pasos clave de la glicólisis, ruta metabólica que se encarga de oxidar la glucosa para obtener energía en la célula.

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Borodin, por tanto, alcanzó el reconocimiento de la gente en ambos campos de una forma extraordinaria. Solo eso ya valdría para que la gente conociese su historia, la de cómo alguien puede ser tan influyente en dos campos aparentemente diametralmente opuestos. Sin embargo esto no es todo. Alexander Borodin fue, además, un ferviente activista a favor de la equidad de la mujer con respecto al hombre. Participó activamente en la fundación de la primera escuela de Medicina para mujeres de Rusia, y seguramente una de las primeras del mundo. Siempre trató a sus alumnos y alumnas de una forma igual unos respecto a otros.

A pesar de que su música es su legado más conocido, la composición la dejaba para los ratos en los que quería evadirse de su principal ocupación: el profesorado y la investigación. Sin embargo, le dio tiempo para regalarnos joyas musicales como la obra que abre esta entrada, o la que la va a cerrar. Porque al final son las pasiones de las personas las que hacen que vivir en este mundo merezca la pena.

“Como compositor que busca permanecer anónimo, tengo vergüenza de confesar mi actividad música. Es fácil de entender. Para otros la música es su negocio principal, su ocupación y su objetivo en la vida. Para mí es una relajación, un pasatiempo que me distrae de mi principal quehacer, mi puesto de profesor. Amo mi profesión y a la ciencia. Amo a la Academia y a mis pupilos, hombres y mujeres, porque para dirigir el trabajo de la gente joven uno ha de ser cercano a ellos”

Alexander Borodin.

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